—Hmm.
—La cena estaba deliciosa. Tu hermano es encantador.
La mano de Pedro apretó la suya mientras fruncía el ceño fugazmente.
—Por eso se encarga de conseguir nuevos clientes.
—Debe dársele muy bien.
—Sí. Como a tí.
—Lo intento —¿La había observado en acción? La idea de sus ojos clavados en ella la excitaba.
—Todo el mundo habla de tí.
—Al menos no soy la madre de la novia, desnuda en un cuadro.
—Una bendición —murmuró él.
Algo en su expresión le hizo desear a Paula haber cerrado la boca. No solo tenía la inquietante sensación de que la estaba desnudando mentalmente, sino que ella solo podía pensar en lo bien que le quedaba la camisa mojada y que estaría mucho mejor sin nada.
—Gracias por la invitación —Paula refrenó su imaginación y buscó refugio en la conversación.
—No me pareció que tuviera otra opción.
—Cierto —admitió ella con una sonrisa—. Te chantajeé.
—Sí. Aunque si a alguien hay que darle las gracias, es a tí.
—¿Por qué?
—Tengo entendido que eres la responsable del cambio de actitud de mi madre hoy —contestó Pedro—. Y, supongo, de su atuendo en la iglesia y el vestido que lleva esta noche.
—De nada —Paula sintió un escalofrío de placer—. Aunque temí haberme excedido al intervenir.
—Pues sí.
—Lo siento.
—De nuevo no tienes por qué disculparte. Tienes mi gratitud. Y la de Luciana —él se echó un poco hacia atrás—. ¿Cuál es tu secreto?
—No hay secreto —respondió ella, relajándose un poco en un terreno de conversación más seguro—. Me gusta conocer a mis clientes, y los animo a hablar mientras trabajo.
—¿Sobre qué?
—Lo que quieran. Les hace bajar la guardia. Y me da una idea de su carácter, lo que añade cierta magia al cuadro. A algunos les cuesta. A Ana le pasa lo contrario.
—Me lo creo.
—Solo le hice algunas preguntas y mencioné lo mucho que mi madre habría querido estar presente en mi boda, y en los sacrificios que habría hecho para asegurarse de que todo girara en torno a mí. Le sugerí que hoy era la oportunidad de Luciana de brillar. Sé lo difícil que puede ser a veces.
—¿Lo sabes?
—Sí.
—¿En qué sentido?
En el de sentirse constantemente frustrada por su problema. ¿Cuántos exámenes había suspendido porque el dolor no le había permitido presentarse? ¿A cuántas citas con amigos había faltado? ¿A cuántos trabajos había renunciado al comprender que nunca sería capaz de seguir el ritmo? Pero no quería hablar de eso. Era demasiado personal, más inapropiado aún que besar a su anfitrión en una pista de baile abarrotada.
—El mundo del arte es muy cerrado —contestó.
—Has empezado con buen pie.
—Eso espero —Paula pensó en los contactos que llenaban su libreta y sintió una oleada de orgullo.
—¿Dónde está el retrato?
—En una galería-almacén de Atenas, allí estará hasta la inauguración que planea tu madre.
—¿La inauguración? —Pedro volvió a fruncir el ceño.
—Eso es.
—Es una desvergonzada.
—Se trata de mi trabajo, Pedro —a Paula se le erizó el vello—. No tiene nada de vergonzoso. El dibujo al natural es una tradición artística respetada desde hace siglos. Estoy orgullosa de lo que hago. Y si tu madre quiere celebrar su sexualidad, hay que aplaudirlo.
—Tiene casi sesenta años —Pedro hizo una mueca.
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