jueves, 22 de enero de 2026

Retrato: Capítuo 14

 —Una locura adolescente —una sombra recorrió sus facciones, pero desapareció en un instante.


—¿Y qué ha cambiado?


—¿Qué quieres decir? —Pedro frunció el ceño.


—Bueno, ya no vas por ahí sufriendo berrinches y estrellando barcos, ¿Verdad?


—Mi padre murió y tuve que madurar. Un aprendizaje empinado.


—¿Cómo de empinado?


—Cometí algunos errores —admitió él con una mueca—. Al principio.


—Así que puede que seas todopoderoso, pero también eres humano.


—De carne y hueso.


Y empezaba a darse cuenta, comprendió ella con el pulso acelerado mientras se hacía el silencio. En algún momento la música que salía de los altavoces había cambiado a sensual y latina. Las luces se habían atenuado. La sensualidad se extendía por la pista de baile, las parejas se movían con soltura y sinuosidad. Paula sentía el ritmo retumbando en su interior. Pedro la abrazaba imposiblemente cerca. Algo en la intensidad y la concentración con que la miraba la hizo temblar de expectación. ¿Qué estaría pasando por su cabeza?, se preguntó ella, mientras una extraña excitación la recorría. Hacía unas tres semanas se habían separado en términos muy poco amistosos, pero Pedro ya no le producía aquella sensación desagradable. El calor latente en su mirada añadía más leña al fuego de sus venas. Sentía cómo su cuerpo se endurecía y la presionaba. Realmente no estaba preparada para eso. Con su hermano se había sentido fuera de su ambiente, pero era mucho más peligroso que Federico. Externamente era todo control férreo, pero tenía algo que debería haberle hecho correr hacia la salida, porque ella no conocía ninguna de las reglas del juego al que él estaba jugando. Pero, a pesar de lo imprudente que era, siendo ellos, sus vidas y experiencias, polos opuestos, Paula quería jugar.


—¿Sabes con qué he soñado últimamente, Paula?


—No —ella se estremeció al oír su nombre en boca de Pedro.


—Contigo —murmuró él, con la ardiente mirada en la de ella—. He soñado contigo. Todas las noches desde hace tres semanas. Y esos sueños han sido de todo menos pesadillas.


—Yo también he soñado contigo —el corazón de Paula dió un vuelco—. Sueños salvajes.


—No he podido quitarte los ojos de encima en toda la noche.


—Es el pelo.


—No es el pelo —Leo sacudió la cabeza—. Ni el vestido.


—Entonces, ¿Qué?


—Maldita sea si lo sé. Pero mi hermano tenía razón en una cosa. Eres adorable.


—Eres el hombre más sexy que he conocido —admitió ella sin aliento, su inesperada confesión aflojando sus inhibiciones—. Quiero dibujarte.


—Pensaba en otra cosa.


—¿En qué?


Él miró fijamente su boca y agachó la cabeza dolorosamente despacio. Posó los labios sobre los de ella y en ese instante todo lo demás, la música, la gente, la fiesta, desapareció. Paula solo podía concentrarse en el calor y la destreza de su boca, en las manos de él deslizándose por sus caderas para amoldarla mejor a él. Le rodeó el cuello con los brazos y hundió los dedos en el pelo, y el beso, se convirtió en algo oscuro y salvaje. Pedro llevó una mano a su nuca y deslizó la otra hasta el pecho, y ella gimió. Instintivamente, Paula inclinó las caderas y las frotó contra las de él en un intento de aliviar las palpitaciones que sentía entre las piernas. El gruñido bajo que provocó en él no hizo más que avivar su deseo. Nunca había sentido algo así. Estaba enloquecida. Drogada. Lo quería desnudo. Quería explorar su cuerpo recorriendo cada centímetro de piel, cada músculo, lo quería encima de ella, dentro de ella. Y no sería doloroso. Sería magnífico. Bajó una mano hasta la cintura de los pantalones y tiró de la camisa. Él le rozó el pezón con el pulgar y ella se estremeció. Temblaba de necesidad, enloquecida por el deseo, dispuesta a lanzarse al suelo con él y correr ese riesgo que siempre había temido, cuando, de repente, a través de la bruma del deseo, como si llegara de muy, muy lejos, oyó una voz seca y divertida:


—Eh, ustedes dos. Busquen una habitación.

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