martes, 6 de enero de 2026

Retrato: Capítulo 4

 —De acuerdo —Leo se acercó a ella, deteniéndose a escasos centímetros—. Iré directo al grano —añadió, lo bastante cerca como para que ella percibiera la tensión, como para tocarlo.


—Sí, por favor —Paula reprimió el impulso de dar un paso atrás para salir de la poderosa órbita y se mantuvo firme.


—Tu cuadro no se expondrá.


—¿Qué? La decisión no es tuya.


—Nunca verá la luz del día —Pedro encajó la mandíbula.


—Es absolutamente necesario —contestó ella, irguiéndose—. Es excepcional. Mi mejor trabajo hasta la fecha.


—Eso es irrelevante.


Paula se enfureció. Por guapo y bien hecho que fuera, su presunción era pasmosa.


—No para mí.


—Te pagaré el doble de lo que te paga mi madre.


—No.


—El triple.


—No.


—¿Cuánto quieres?


—No soy sobornable —contestó ella con la misma franqueza que él.


—Me cuesta creerlo —él arqueó una ceja, escéptico.


—¿Y qué significa eso exactamente? — Paula lo miró horrorizada.


¿Insinuaba lo que parecía?


—No eres demasiado conocida. ¿Cómo conseguiste pintar a mi madre?


—Aunque no es asunto tuyo —respondió ella con frialdad—, nos conocimos en la inauguración de una galería de arte en Londres. Yo era camarera. Ella elogió mi pelo. Charlamos. Mencionó que quería hacerse un retrato. Le envié algunas fotos de mi trabajo y ya está.


—¿Siempre tardas un mes?


—Normalmente, de dos a tres semanas —para ajustarse a su ciclo menstrual, aunque no iba a contárselo—. El suyo tardó más porque no paraba de marcharse.


—Y te instalaste aquí.


—Ella me invitó —molesta, Paula se lo explicó—. Insistió. Me dió la impresión de que se sentía sola.


—¿Sola? —Pedro rió sin humor—. Eso es ridículo. Está constantemente rodeada de gente, algunos de los cuales se han aprovechado de su ridícula generosidad.


—Bueno, alguien cantó una vez sobre estar solo en una habitación abarrotada, y piensa lo que quieras, pero yo no soy una de esas personas que se aprovechan de tu madre.


Pedro entornó la oscura mirada mientras consideraba las palabras de Paula quien, a pesar de la indignación que sentía, supuso que podría entender de dónde venía su preocupación. Su familia no solo era una de las más glamurosas del mundo, también una de las más ricas. Pedro no sabía nada de ella y, comprensiblemente, no confiaba en la sensatez de Ana.


—¿Cuál es tu objeción al retrato? —ella ignoró sus motivos, porque, o la creía o no la creía—. ¿Lo has visto?


—¿Qué? —Pedro se estremeció—. No. No se me ocurre nada peor.


—Deberías. Es muy elegante. Tu madre es preciosa. Una mujer enamorada, y se nota.


—Siempre está enamorada. O cree estarlo.


—¿Tienes algún problema con el amor? —el desdén en su voz despertó la curiosidad de Paula.


—Tengo algún problema con un cuadro a tamaño natural de mi madre, desnuda, expuesto en público —Pedro encajó la mandíbula.


—No sabes la suerte que tienes de tener una madre a la que pintar y exponer —aseguró ella, tragando el pequeño nudo de la garganta—. La mía murió hace una década, con treinta y nueve años. Yo tenía catorce. Daría lo que fuera para poder pintarla, vestida o desnuda, como ella quisiera.


Una indefinible emoción cruzó el rostro de Pedro, pero por fortuna no pronunció el manido e inútil «Lo siento».


—Dime lo que quieres —ofreció en su lugar, arrancándola de su melancolía y volviendo a centrar sus pensamientos—. Algo habrá.


Su arrogancia era escandalosa, pero Paula no se dejaría intimidar. Ninguna cantidad de dinero, nada, le haría cambiar. No cuando tenía a su alcance todo con lo que había soñado profesionalmente.

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