jueves, 1 de enero de 2026

Curaste Mi Corazón: Capítulo 52

Las palabras de Pedro parecieron quedarse suspendidas en el aire. Paula, que había estado conteniendo el aliento, sintió que una mezcla de sentimientos encontrados la embargaba. Él quería que creyera lo que le estaba diciendo, pero ella le había desnudado su alma aquella noche en el Ritz, y él la había dejado marchar. ¿Y la tortura por la que había pasado todos esos años? Los ojos se le llenaron de lágrimas, nublándole la vista, y su voz sonó trémula cuando habló.


–¿Cómo puedes venir aquí y decirme esas cosas? No puedes hacerme esto, Pedro. No puedes presentarte así y ofrecerme todo con lo que siempre he soñado como si fuese lo más fácil del mundo. He pasado mucho tiempo intentando olvidarte y pasar página. Y ahora apareces y me dices que… Me dices que…


Se cubrió el rostro con las manos y se echó a llorar. Los fuertes brazos de Pedro la rodearon y la estrecharon con tal ternura que en el fondo de su corazón saltó una chispa de esperanza. Tal vez aquello no era un sueño. Tal vez él hablaba en serio. Al cabo de un rato las lágrimas cesaron, y Pedro le apartó suavemente las manos del rostro. Cuando lo miró a los ojos vió en ellos preocupación, y algo que nunca antes había visto en esos ojos tan azules: Amor. Las lágrimas volvieron a nublarle la vista. Con una ternura exquisita, él tomó su rostro entre ambas manos, y secó con las yemas de los pulgares cada lágrima que caía.


–Pauli, mi vida… Por favor, no llores –le suplicó atormentado–. No quería hacerte llorar. No puedo soportar verte tan triste, y, si quieres que me vaya, me iré ahora mismo –dijo, dejando caer las manos.


A Paula no le pasó desapercibida la expresión estoica y decidida de su mirada, como si estuviese dispuesto a aceptar su decisión, fuera cual fuera. Se enjugó las mejillas con el dorso de la mano, sacudió la cabeza, y le dijo en un tono quedo:


–No quiero que te vayas a ninguna parte. No quiero volver a separarme de tí nunca más.


Pedro la asió por los brazos.


–Paula… ¿Estás diciéndome que… Que me darás una oportunidad?


Ella esbozó una sonrisa trémula y le puso una mano en la mejilla.


–Aunque no quiero que se te suba a la cabeza, creo que eres el único hombre junto al que podría ser feliz. Yo también te necesito. Porque te quiero; siempre te he querido.


Visiblemente emocionado, Pedro la atrajo hacia sí, tomó su rostro de nuevo entre ambas manos, y lo cubrió de besos mientras repetía una y otra vez «Gracias… Gracias…». Fue Paula quien lo detuvo, para tomar su rostro, como había hecho él, y darle un largo beso en los labios. Pedro respondió con ardor, y pronto el deseo los consumía a los dos. Las manos de él recorrían hambrientas la figura de ella: Su espalda, sus caderas, sus nalgas… La apretó más contra sí, y a Paula se le escapó un gemido dolorido cuando cerró la mano sobre uno de sus sensibles senos. De inmediato él se echó hacia atrás y la miró preocupado.


–¿Qué pasa?


Nerviosa, Paula tragó saliva. Tenía que decirle lo del embarazo… Escrutó sus ojos, temerosa de que, si se lo contaba, pudiese echar a perder la felicidad que sentía en ese momento. No, tenía que decírselo y apechugar con su respuesta, fuera cual fuera. Tomó las manos de Pedro.


–Cuando nos encontramos anoche, acababa de salir del médico. Por eso iba tan distraída…


Pedro se tensó de inmediato al recordar lo pálida que había estado el día anterior.


–¿Qué te dijo? ¿Estás bien? ¿Te han encontrado algo?


Ella sacudió la cabeza.


–No, está todo bien –contestó con una sonrisa tímida.


Pedro estaba cada vez más nervioso.


–Pero… ¿Para qué habías ido al médico? –insistió, apretándole las manos.


Paula se mordió el labio inferior y bajó la vista un momento. Y entonces, antes de que hablara, Pedro tuvo una especie de revelación. Al abrazarla había notado su vientre duro, y al tomar su seno en la mano le había parecido un poco más grande que cuando habían hecho el amor. Y por el modo en que ella había reaccionado, como dolorida… Una oleada de felicidad lo inundó al tiempo que Paula le contestó, mirándolo a los ojos.


–Estoy embarazada. Casi de diez semanas. Debió de ocurrir ese día, al amanecer, cuando lo hicimos en el balcón y los dos nos olvidamos del preservativo…


Pedro se dió cuenta de que estaba nerviosa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario