jueves, 8 de enero de 2026

Retrato: Capítulo 6

 —Con una condición.


—¿Cuál?


—Una invitación a la boda.


Externamente, Pedro no movió un músculo. Interiormente, se tambaleó. Desde luego, tenía agallas. Pero, ¿Por qué hablaba siquiera con ella cuando podía registrar la casa y llevarse el retrato? ¿Dónde estaba su ingenio? ¿Por qué tenía los pies pegados al suelo en lugar de dirigirse a la casa?


—La exposición es temporal —continuó ella con el mismo tono de seguridad—. Perderé la mejor oportunidad de consolidar mi carrera. Pero si tus invitados son tan influyentes como aseguras, acceder a ellos lo compensará. Seré discreta. No repartiré tarjetas ni llamaré la atención. Ni siquiera notarás que estaré allí. Un invitado más entre cientos no es un gran precio a pagar para asegurar la felicidad de tu hermana. Pero tú decides.


Paula se detuvo, y él comprendió con una inquietante sacudida que le había dado la vuelta a la tortilla. Había tenido intención de sobornarla, someterla si era necesario, pero era ella quien lo ponía en un aprieto, porque no podía robar el retrato y destruirlo. Ella, o más probablemente, su madre, haría que lo detuvieran por robo y daños, lo que provocaría un escándalo aún mayor. Si no estuviera tan nervioso, le habrían impresionado la rapidez mental su agudeza.


—¿Trato hecho?


«Ni hablar», fue la respuesta que Pedro instintivamente quiso dar. Los tratos los proponía él. Rara vez cedía el control, sobre todo a hermosas mujeres, con uñas multicolores, demasiados piercings y el pelo rosa. Pero al recordar su intención de alcanzar su objetivo costase lo que costase, tuvo que replanteárselo. «Costase lo que costase», resultaba ser muy poco. Lo único que Paula y su buen corazón querían era una invitación a una fiesta a la que, como bien había señalado, iban a asistir cientos de personas. Si accedía, en realidad saldría muy bien parado. La felicidad de su hermana valía más que la cesión temporal del control que tanto valoraba.


—Trato hecho —Pedro asintió y sonrió tenso.



Paula necesitó veinticuatro horas para sobreponerse al encuentro con Pedro junto a la piscina. Tras sellar el trato con un fuerte apretón de manos, él recogió sus zapatos y sus calcetines y se marchó, dejándola sin poderse creer que hubiera tenido el valor de hacer lo que había hecho. Si él hubiera rechazado su petición, todo habría acabado. Era ambiciosa, pero no tanto como para pisotear la felicidad de otra mujer. Especialmente una que había sufrido tanto con su salud. Habría retrasado la exposición del retrato de todos modos y su carrera habría retrocedido, pero habría hecho lo correcto. Sin embargo, él no se había negado. Su apuesta había merecido la pena. 


El taxi que la había recogido en el hostal, al que se había trasladado tras terminar el retrato la semana anterior, se detuvo a cierta distancia de la entrada del mejor hotel de Atenas. Al ver a los huéspedes subir las escaleras hasta la puerta principal, el nudo del estómago de Paula seapretó. Los flashes de las cámaras se disparaban a diestro y siniestro, iluminando el crepúsculo y haciéndola parpadear y, por un breve instante, se preguntó qué demonios hacía allí. Era el acontecimiento social del año. Celebridades, realeza, lo más granado y… ¿Ella? Ese no era su mundo. No llevaba un vestido de diez mil euros y media tonelada de diamantes. Su vestido era sencillo, prestado por una amiga dueña de una tienda de alquiler de trajes de noche. No llevaba más joyas que el reloj de oro heredado de su madre, el diminuto diamante de la nariz, comprado con el dinero de su primer encargo, y los pendientes que adornaban sus orejas. La noche que tenía por delante no era para disfrutar. Era para trabajar. Tenía un plan, un futuro que asegurar y había mucho en juego. No era ni mejor ni peor que los demás invitados y podía hablar con cualquiera. Eso esperaba. Mantendría la barbilla alta y los hombros cuadrados. No le preocupaba cruzarse con el hermano de la novia y anfitrión de la recepción. Pedro, con su camisa empapada y su admirable preocupación por su hermana, había ocupado demasiado espacio en su cabeza durante las dos últimas semanas, incluso los días de confinamiento en el hostal, agonizando de dolor y tomando analgésicos como si fueran caramelos. Pero no tenía intención de abordarlo, y era poco probable que él buscara la oportunidad para hablar con ella. No permitiría que nada ni nadie la distrajera. Obviaría que, noche tras noche, despertaba acalorada, dolorida y temblorosa después de soñar con él, desconcertante cuando su único encuentro había sido breve y hostil. Dejaría de preguntarse si era tan devastadoramente guapo como recordaba. 

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