Sin embargo, recordaba cada palabra de la conversación, cada gesto. Quería saber cómo se sentía y a qué sabía. Los sonidos que emitiría cuando él la acariciara con las manos y la boca y, finalmente, la penetrara. Paula, mujer de múltiples piercings, uñas multicolores y pelo rosa, todo lo contrario del tipo frío, refinado y de un pendiente por oreja que le gustaban, lo distraía enormemente, y era frustrante en extremo.
—Luciana me dijo que la habías invitado.
Dominando su expresión para que no se notara su agitación interior, Pedro hundió las manos en los bolsillos y se encogió de hombros.
—Forma parte del plan para evitar el escándalo.
—¿Dónde está?
—Ni idea.
No le importaba si asistía o no. Ella no era la causa de la adrenalina que lo golpeaba desde esa mañana, y no estaba escaneando a los invitados, buscándola. Estaba en el balcón solo para respirar un poco de aire fresco tras un agitado día. Que viera a toda la multitud reunida era involuntario. No estaba mirando la puerta. Tenía los ojos fijos en su madre y allí seguirían. Pero incluso antes de que su hermano exclamara de admiración, sintió la llegada de Paula. Su cuerpo se tensó. El pulso se le aceleró.
—¿Quién es esa?
No quería hacerlo, pero siguió la mirada de Federico, hasta la mujer que se acercaba al camarero de la puerta. El impacto fue como una patada en el pecho. Reconoció la amplia y deslumbrante sonrisa que dedicó al camarero al aceptar una copa. Empatizó con el pobre tipo, que se ruborizó y la miró como un cervatillo herido. Esa sonrisa lo había noqueado al verla por primera vez. Por otra parte, tal vez fuera el vestido, largo, amarillo pálido, con lentejuelas y lo suficientemente ajustado, lo que había dejado mudo al camarero. O su pelo. ¿Cuántos colores, tenía? Las ondas, predominantemente rubias, tenían mechas azules y verdes. No solo pintaba con colores pastel, también los llevaba en la cabeza.
—Es la artista —contestó, pasándose un dedo por el interior del cuello.
—Algún unicornio ha perdido su crin.
—Eso parece.
—¿Apostamos a que es la única aquí con cuentas en el pelo?
—No.
—Es impresionante.
—Si te gustan esas cosas —y, para su irritación, aparentemente le gustaban.
Mientras Federico murmuraba cumplidos sobre el singular aspecto de Paula, extasiado por sus llamativos rasgos y su espectacular figura, Pedro la observó presentarse a un grupo de miembros de la alta sociedad italiana. No era de extrañar que no necesitara tarjetas de visita. Era inolvidable. Nada sutil. Imposible no fijarse en ella. Como si lo hubiera presentido, de repente levantó la vista y sus ojos se encontraron. Por un segundo se detuvo, y luego le dedicó una sonrisa incendiaria que le robó el aliento. Rápidamente se recuperó. Estaba acostumbrado a controlar los brotes de desenfreno que experimentaba ocasionalmente, cuando bajaba la guardia. Le dedicó una breve inclinación de cabeza, sin sonreír, y volvió a centrarse en su madre. No tenían por qué volverse a cruzar. No tenía motivos para hablar con ella. No necesitaba darle las gracias por hacer entrar en razón a Ana. No cedería a las exigencias de su cuerpo y buscarla por deseo. No sería tan débil.
—Menuda sonrisa.
—No me había dado cuenta…
—Bueno, por suerte es mi tipo, no el tuyo.
De nuevo, Federico acertaba. Su hermano podía coquetear con Paula todo lo que quisiera. No le molestaba en absoluto. No iba a quedarse mucho tiempo. Las mujeres en las que se fijaba su hermano nunca lo hacían.
—Buena suerte.
—Gracias. Aunque no la necesitaré. Deberías intentarlo alguna vez.
—¿El qué?
—Relajarte. Ya sabes lo que dicen de trabajar mucho y no divertirse.
Alguien tenía que mantener a flote el negocio multimillonario que había heredado de su padre.
—Practicas lo suficiente por los dos.
—Porque no sueltas las riendas, y tengo mucho tiempo libre.
—Eres director comercial.
—Y gracias a tu manía controladora, lo hago con una mano atada a la espalda.
Pedro no tenía espacio en su cabeza para las quejas de su hermano. Planeaba estrategias. Al día siguiente charlaría con su madre y le haría ver el error de exponer el retrato. Había olvidado que él tenía la sartén por el mango. En veinticuatro horas, habría evitado el escándalo, y el compromiso que Paula le había arrancado pasaría a la historia. Cuando dejara de soñar con ella, olvidaría que la había conocido. Se restablecería el orden y regresaría la normalidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario