martes, 20 de enero de 2026

Retrato: Capítulo 9

Mientras tanto, había una velada que pasar, una madre impredecible a la que vigilar y setecientos invitados a los que saludar.


—¿Adónde vas? —preguntó Federico, sin apartar la mirada de la sirena unicornio.


—El valor neto de esta sala asciende a cientos de miles de millones —contestó Pedro, irritado con su hermano—. Hay negocios que hacer. Tú y yo vamos a socializar.



Lo primero que había dejado sin aliento a Paula al entrar en el vestíbulo había sido la enorme lámpara de araña. Lo segundo, el esplendor del espacio: La decoración de techos y paredes, el mármol, los dorados, la seda. Lo tercero fue Pedro. Envalentonada tras media copa de champán seco, había conversado animadamente con dos condesas milanesas y un terrateniente de Puglia, mientras anotaba discretamente sus nombres y correo electrónico en el pequeño cuaderno que guardaba en el bolsillo oculto del vestido. Pero de repente, un escalofrío le recorrió la espalda y se le puso la piel de gallina. Miró a su alrededor, y sus ojos se clavaron en los de Leo, como si fueran un imán y los de ella limaduras de hierro. Consiguió esbozar una sonrisa en señal de agradecimiento, según lo planeado, aunque lo que no había planeado era la sacudida que sintió ante su ardiente atractivo. Afortunadamente para su dignidad, él desapareció de su vista. Ella había salido del trance y había vuelto al trabajo. La cena fue deliciosa, sus compañeros de mesa interesantes y atractivos y, felizmente, muy dispuestos a hacerse retratar. El discurso de Pedro, en perfecto griego, inglés, francés, español e italiano, fue aplaudido con entusiasmo. Ella apenas había entendido nada, seguramente porque, a pesar de sus esfuerzos por evitarlo, solo podía concentrarse en los movimientos de su boca. El hermano de Pedro quien, al parecer, había estado junto a él en el balcón, la arrastró a la pista de baile. Era guapo y encantador, pero de un modo vacío que la dejó indiferente, aunque la había hecho reír hasta dolerle los costados.


—¿Qué tal si vamos a algún sitio más tranquilo? —murmuró Federico al oído mientras la conducía con destreza por la pista.


Ante la sensual promesa en su voz, Paula sintió saltar las alarmas. Coquetear era una cosa, y le gustaba como a cualquiera, pero nunca lo había llevado más lejos, y no tenía intención de hacerlo. Estaba fuera de su ambiente. No sabía cómo tratar a un hombre como Zander que rezumaba experiencia y sexualidad.


—No, gracias —dijo bruscamente mientras apoyaba las manos en su pecho para frenarlo.


—¿En serio? —Federico enarcó las cejas, sugiriendo que la arrogancia era cosa de familia.


—Lo siento.


—No hace falta que te disculpes.


—Cierto —sonó una voz profunda detrás de ella, una voz que despertó el recuerdo de su cuerpo pegado a él mientras la remolcaba por la piscina, una voz que le susurraba al oído palabras no tan dulces en sueños, y que le producía escalofríos—. Federico, he oído que el duque de Clervaux no está contento con su banco y quiere cambiar.


Federico debió de sentir el estremecimiento que sacudió a Paula, pues su mirada chispeó fugazmente al desviarla hacia el dueño de esa voz.


—¿En serio? 


—Sí.


—¿Por qué no lo has dicho? —Federico soltó a Paula—. La encantadora Paula es toda tuya.


—En realidad —ella quiso recordar a ambos su existencia, encantadora o no—. No soy de nadie.


—Interesante —Federico sonrió y se alejó.

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