—¿Qué es lo que te preocupa?
—No estoy intentando dar excusas, pero no he tenido muchas conversaciones con nadie que no sea de mi familia desde que salí del coma. Siento usar ese motivo para todo, no quería que saliera a relucir otra vez…
—Para —dijo él, y le acarició la parte interior de la muñeca con un dedo—. No pasa nada. Creo que soy un poco sensible en lo referente a mi pasado.
—¿De verdad? ¿Por qué? Tú pareces muy seguro de tí mismo.
—Tengo inseguridades como todo el mundo —dijo él.
—Por supuesto que sí —respondió ella—. Una de las cosas que me dijo mi psicóloga es eso, precisamente: que yo no soy la única que se siente como si pendiera de un hilo. Vuelvo a disculparme.
Pedro se llevó su mano a los labios, porque quería tocarla, y le besó el dorso.
—Disculpa aceptada. Y, a partir de ahora, no tienes que disculparte por nada más —le dijo, con la voz enronquecida.
Ella se estremeció ligeramente al notar sus labios en la piel, y sonrió con inocencia. Él estaba seguro de que no era consciente de lo mucho que le afectaba aquella sonrisa. Sin embargo, sabía que tenía que dejar de ver a Paula como la mujer a la que deseaba. Tenía que… ¿Qué? Por primera vez en la vida, quería algo para sí mismo. Pero era la mujer equivocada.
—Tú tampoco tienes que disculparte —dijo ella.
Pedro asintió.
—Bueno, vamos a tu lista. Esta tarde tengo dos horas libres. ¿Hay algo pequeño por lo que podamos empezar?
Ella dió otro sorbo a su café y puso los ojos en blanco.
—Vaya, este café está buenísimo —dijo, e hizo una pausa, como si aquella fuera la pregunta más importante de su vida—. En realidad, no. Hoy era un día destinado a conocernos. ¿Qué se te ocurre a tí? Propongas lo que propongas, seguro que no lo he hecho todavía.
—Hace tiempo que no venía por aquí. ¿Damos un paseo por las tiendas de Main Street?
—No. Eso ya lo he hecho. Pero ¿Y si en vez de Main Street vamos al paseo del río? —preguntó ella, y se le iluminó la mirada—. Me han dicho que hay bastantes zarzamoras. A lo mejor podemos recoger algunas moras y te puedo hacer una tarta.
—De acuerdo. ¿Has visto alguna?
—No. Nadie ha querido venir a caminar por allí conmigo. Según Gonzalo, es un camino empinado y difícil, pero la verdad es que él piensa que tienen que llevarme en brazos a todas partes.
Él se rió suavemente. No podía decirle que no iba a ayudarla en aquel objetivo, sobre todo, porque iba a molestar a su hermano. Pero sabía que tendrían que ser cuidadosos. Terminaron el café y se pusieron en camino. Aquel día, el río discurría con serenidad, y el paisaje era pintoresco. Habían renovado y limpiado toda la zona de la estación del tren, con sus comercios, y el pueblo estaba cobrando vida de nuevo. Se fijó en que había un equipo de grabación al otro lado de la calle. Por sus propias investigaciones, sabía que eran del canal Home Living TV. Vanina Belmont, la prometida de Rodrigo Chaves, estaba grabando un programa de rehabilitación de edificios. Ella se encargaba de reformar edificios de su pueblo. El camino pavimentado acababa cerca del puente y, después, había un sendero empinado que llevaba a otro camino de tierra paralelo al río. Miró el sendero y, después, miró a Paula. No quería que se hiciera daño.
—Alguien debería poner un pasamanos aquí.
—Se lo diré a Gonzalo.
—También podrías ir al ayuntamiento y decírselo tú misma —le sugirió él. Estaba tan conectada a Gonzalo que, si él iba a pasar tiempo con ella, quería verla ponerse en pie por sí misma.
Paula asintió.
—Tienes razón. Lo voy a hacer.
Paula no se había dado cuenta de lo mucho que necesitaba a alguien como Pedro hasta que él le había dicho que podía ir en persona al ayuntamiento. Le gustaba la idea, pero sabía que, cuando llegara el momento de ir a exponer sus ideas, se pondría nerviosa. Sin embargo, no tenía que pensar en eso todavía. Por el momento, miró la pendiente que había delante de ella y se preguntó cómo iba a sortearla.
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