Paula no dejó de pensar en aquella posibilidad de un beso durante los siguientes días. No era capaz de olvidarlo, y lo que sentía cuando estaba con Pedro era lo opuesto a los recuerdos que tenía de aquella noche de hacía diez años. Javier, el hombre con el que había estado bailando toda la noche, la había besado a la fuerza en el pasillo de la planta de arriba. Le había rasgado el vestido y estaba a punto de quitarle las bragas cuando ella se había puesto a gritar. Por suerte, Gonzalo y Rodrigo la habían oído. Rodrigo había sido el primero en llegar, aunque no estaba segura de todos los detalles de aquel momento. Había oído a su primo gritando y dándole puñetazos a Javier. Ella se acurrucó contra la pared tratando de sujetarse el corpiño del vestido contra el pecho. Después, todo se volvía borroso. Lo siguiente que recordaba era que su abuelo les había reprendido a Gonzalo, a Rodrigo y a ella y les había exigido que se comportaran con más decoro. Rodrigo le había dicho que se fuera al diablo. Luego habían subido al coche y, después… Nada. Todo era oscuridad. Aquellos recuerdos todavía eran muy vagos. Ojalá no se acordara de la cara ni del nombre de la persona que la había agredido, pero eso sí lo recordaba. Mientras estaba allí, en la cocina, esperando a que terminara de hacerse en el horno la tarta de moras que había preparado, se preguntó si los detalles que había olvidado, los detalles que explicaban por qué su acompañante había hecho lo que había hecho, eran importantes. Si el hecho de desbloquear aquella información la acercaría más a la curación. El teléfono la avisó de que tenía un mensaje y, al ver que era de Pedro, se le aceleró el corazón. Él le decía que había vuelto al pueblo, después de aquellos dos días, y le preguntaba si tenía pensada alguna nueva aventura. Y ella le respondió que le invitaba a tomar un trozo de tarta de moras que acababa de preparar. Fue a su habitación a cambiarse y, cuando abrió la puerta, llevaba unos pantalones vaqueros ajustados y una camiseta de Hello Kitty. Pedro estaba en el umbral, con el pelo mojado por la lluvia. Llevaba una cazadora y unos pantalones negros, y tenía una sonrisa tímida.
—Estoy muy mojado. Lo siento, debería haber tomado un paraguas —dijo.
—No pasa nada —respondió ella, y le hizo un gesto para indicarle que pasara.
—No quiero estropearte el suelo de madera —protestó él.
—No se va a estropear. Hay toallas en el aseo, por si quieres secarte, y la cocina está al fondo. Yo estoy allí, te espero.
Paula se agarró las manos y se dio la vuelta para no tocarlo. Ojalá le hubiera acariciado la cara cuando estuvieron tan cerca, el otro día, pero no lo había hecho. En aquel momento, con la lluvia en la cara, tenía un aspecto muy masculino, y ella tuvo ganas de tomar su rostro con ambas manos y besarlo. De sentir aquella boca fuerte contra la suya. Sin embargo, no estaba segura de lo que sentía él. Tal vez ese fuera el motivo por el que no dejaban de darle vueltas en la cabeza los recuerdos. Ella nunca querría forzar a nadie a nada.
Después de pasar dos días lejos de Paula, Pedro se dijo que debía volver para hacer el reconocimiento que necesitaban su tía Lili y él y, también, para mantener la perspectiva de las cosas. Aquellos días le habían ayudado a aclararse la cabeza. No era posible que Rory fuese tan encantadora como aparentaba, y él había vuelto para averiguar más secretos sobre la familia Chaves. Eso era todo. Salvo que no era la verdad. No había podido dejar de pensar en ella ni de arrepentirse de no haberla besado cuando habían terminado de recoger moras. Así que, allí estaba, en el aseo de su casa, mirándose al espejo después de haberse secado lo mejor posible, intentando convencerse de que podía dejar a un lado su necesidad de venganza para no hacerle daño. El problema era que no se lo creía. Podía justificar ir por Chaves International. Después de todo, Alfredo Chaves le había hecho promesas a Javier y, después, al vender la fábrica, las había incumplido. Él sabía que había habido una pelea en el baile de invierno entre su hermano, Gonzalo, Rodrigo y Alfredo. Pero los detalles no los conocía nadie, aparte de la familia. La tía Lili y él suponían que había tenido algo que ver con el cierre de la fábrica.
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