martes, 19 de agosto de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 18

Paula llevaba mucho tiempo sin disfrutar de su hermano de aquella manera. Irse a vivir sola le causaba temor, pero sabía que era lo que debía hacer.


—Bueno, yo me marcho ya —dijo Pedro.


Ella lo miró y se dio cuenta de que había cambiado algo desde que se habían besado y había aparecido Gonzalo. Tomó su bastón y se levantó al tiempo Pedro.


—Te acompaño a la puerta —dijo.


—No es necesario —protestó Pedro.


—Sí, quiero hacerlo —respondió ella.


Quería despedirse de él, y sabía que iba a dolerle la pierna si seguía sentada. Moverse siempre le aliviaba la presión de los músculos.


—De acuerdo.


Pedro dejó su plato y su taza en el fregadero y ella lo siguió hacia la puerta. Él se sentó en el suelo para ponerse las botas.


—Siento que mi hermano haya llegado justo en ese momento —le dijo ella, con sinceridad.


—Yo, también. Pero me doy cuenta de que su preocupación nace de un buen lugar.


—Sí, por supuesto. Aunque a veces me resulta un poco asfixiante. Bueno, acerca del beso… No quiero asumir nada y no se me da bien adivinar los sentimientos de la gente. ¿Te gustó?


Pedro sonrió y se acercó a ella.


—Sí. Quiero repetirlo. Pero tu hermano está aquí, así que…


—Me alegro. A mí también me gustó. 


—Lo sé —dijo, y le rozó la boca con los labios. 


Después, alzó la cabeza, le guiñó un ojo y le dijo adiós con la mano mientras salía por la puerta. Paula se quedó observándolo mientras subía al coche y, al final, él volvió a despedirse con la mano cuando se alejaba. Entonces, ella cerró la puerta y se giró, y vió a su hermano al final del pasillo. Los dos volvieron a la cocina.


—¿Te gusta este chico?


—Pedro. Sí, me gusta Pedro.


—Sí, Pedro. Tu viejo amigo. Pero es que tú no tienes viejos amigos.


—Estoy segura de que tenía amigos, Gonza, no seas bobo.


—No soy bobo. O, si lo soy, es porque estoy preocupado por tí.


—Vaya, gracias, pero soy una mujer adulta. Puedo cuidarme.


—Eso ya lo sé, Pau, pero para mí es difícil dejar de ser tu hermano mayor —dijo él, y dió un suspiro—. Sinceramente, algunas veces no puedo creer que te hayas levantado de la cama del hospital.


—Gonza —dijo ella, mientras se acercaba a él y lo abrazaba—. Ahora ya estoy bien.


—Sí.


—Y sabes que te quiero, pero no puedo dejar que me des órdenes — le dijo a su hermano.


—No, supongo que no. Pero, acerca de Pedro…


—No, no vamos a hablar de esto. Me cae bien, y creo que yo a él, también. Y voy a ver hacia dónde va todo esto. Ya sabes que mi psicóloga me ha dicho que pruebe cosas nuevas.


—A mí me dijo que no me metiera en tu vida.


—¿Y no la despediste?


—Ja. Como si pudiera. Dejaste bien claro que trabajaba para tí —le recordó Gonzalo—. Y me alegro de que lo hicieras. Verte bajo la lluvia ha sido algo muy especial.


—Me he sentido tan viva… —murmuró ella. 


Y, al hacerlo, se dió cuenta de que no solo había sido la lluvia lo que había hecho que se sintiera así, sino, también, el beso de Pedro. 

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