jueves, 7 de agosto de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 7

No le gustaba el hecho de que él la hubiera manejado tan fácilmente de acuerdo con su egoísmo, pero también recordaba que todos le tenían un poco de miedo.


—El café del día es una moca de fresa con nata —dijo él.


—Ah, muy bien. Ese no lo he probado. Pero Nancy ha contratado a un barista nuevo que está experimentando y todavía no me he llevado ninguna decepción.


Él sonrió.


—Me alegro de saberlo. He seguido tu ejemplo y he pedido lo mismo.


Los dos dieron un sorbo. Ella cerró los ojos al notar el café con sabor a frutas en la lengua. Dió otro sorbito y abrió los ojos. Kit la estaba observando. Oh. Tenía una mirada intensa y estaba un poco ruborizado.


—¿Te gusta? —le preguntó.


—Sí, mucho —dijo él—. Bueno, háblame de la persona que creías que era yo.


—Ah, sí. Resulta que esa persona canceló la cita, pero no me había llegado el mensaje. Siento haberte puesto en un brete a tí.


—No me importa —respondió él—, pero no me has dicho para qué lo contrataste.


Ella se quedó mirando el vaso de café.


—Contraté a alguien para que me ayudara a ponerme al día con… Eh… La vida.


—¿Por ejemplo? —preguntó él.


«Besarme», pensó ella. Tuvo ganas de besar a Pedro, pero sabía que iba a ser embarazoso.


—¿Que te enseñara a conducir? —preguntó él, al ver que ella no decía nada.


—Sí, y otras cosas —dijo ella—. Todo. Cuando me quedé en coma, tenía dieciocho años, así que no he hecho muchas de las cosas que debería haber hecho durante estos diez últimos años. No quiero esperar más para empezar mi vida. Necesito un impulso y pensé que la solución sería contratar a alguien que me ayudara.


—¿Pero se echaron atrás?


—Sí. O Gonzalo se enteró y los despidió —dijo ella, frunciendo los labios—. A él no le parecía buena idea. Por eso le dije que eres un amigo.


—Bueno, si sirve de ayuda, yo te conocí cuando éramos niños.


—¿De veras?


—Sí, nos conocimos en una fiesta de verano en Chaves Manor.


—No recuerdo muchos detalles del pasado, pero sí recuerdo que las fiestas de verano siempre eran divertidas —dijo ella.


—Sí, es cierto —respondió él, y le rozó el dorso de la mano con el dedo pulgar por encima de la mesa—. ¿Qué más cosas necesitas aprender?


El miedo estaba allí mismo, esperando a apoderarse de ella y conseguir que se retirara, pero, en vez de eso, giró la mano por debajo de la de Pedro y entrelazó sus dedos con los de él. Tuvo un escalofrío que le recorrió el cuerpo.


—Todo —dijo.


Él se inclinó hacia ella. Cuando sus ojos se encontraron, hubo algo parecido a una descarga eléctrica. Dios, qué guapo era. Tenía las pestañas espesas y su loción de afeitar olía muy bien, era sutil. Inhaló su esencia mientras él apoyaba el codo en la mesa. Fue como si pasara algo mágico entre ellos.


—¿Todo?


Ella asintió.


—Me he perdido muchas cosas.


—¿Y si te ayudara yo?


—¿A aprender a conducir?


—Y otras cosas —dijo él, en voz baja. 


A ella se le cortó la respiración.


—¿Qué otras cosas? —preguntó.


—Tengo que ser sincero contigo. Te deseo. 

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