jueves, 14 de agosto de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 16

Él alzó la cabeza y la miró fijamente. A ella se le cortó la respiración porque no sabía qué le iba a decir.


—Yo…


—¿Paula? ¿Dónde estás? —preguntó Gonzalo, desde el interior de la casa.


—Aquí fuera.


—¿Dónde?


—Creo que deberíamos volver ya —le susurró Kit al oído.


—Sí, supongo que sí. Estoy empezando a tener frío, pero me gustaría quedarme aquí para fastidiar a Gonzalo —dijo ella, y vió que él estaba a punto de sonreír.


—Eso sería interesante, pero no quiero que te enfríes, porque solo serviría para demostrar que él tiene razón.


—Es verdad.


—¡Por el amor de Dios, Paula! ¿Qué estás haciendo? Y tú, Pedro, deberías tener más sentido común…


—Ya está bien —dijo Paula con firmeza—. Estamos perfectamente. Sal con nosotros a disfrutar de la lluvia o ve a esperarnos a la cocina.


Pedro no dijo nada, pero notó que ella se ponía tensa. Después, se sorprendió, porque Gonzalo salió y se acercó a ellos a pesar de la lluvia.


—¿Por qué estás haciendo esto?


—Hace muchos años que no sentía la lluvia.


Gonzalo asintió. Su expresión se suavizó. Ladeó la cabeza y dijo:


—Cuando eras pequeña bailábamos bajo la lluvia, ¿Te acuerdas?


—No… Te lo estás inventando —respondió ella.


—No. A mamá le encantaba. Algunas veces convencía a papá para que viniera con nosotros.


Paula se giró hacia su hermano y vió en su semblante la mezcla de amor y preocupación de siempre, pero, también, tristeza. Casi no se acordaba de sus padres porque habían muerto en un accidente de avión cuando ella tenía seis años, pero él sí tenía más recuerdos. 


—Ojalá me acordara de ellos.


—Sí, ojalá pudieras —dijo él. Después, se volvió hacia Pedro—. Gracias por ayudar a Paula en esto.


—De nada —dijo Pedro—. Para eso estoy aquí.


—¿De veras? Yo creía que eras un viejo amigo.


—Y lo es. Se refería a que para eso están los amigos. Me está ayudando a hacer las cosas de las que no me acuerdo y quiero hacer —le explicó Paula.


—¿Qué cosas?


—Todo tipo de cosas.


—¿Te encuentras bien? —le preguntó Pedro.


—Sí. Creo que la tarta ya se habrá enfriado, así que podemos entrar en la cocina para tomar un poco.


—Estoy deseando probarla —dijo él.


—Tiene una pinta buenísima —comentó Gonzalo, al ver la tarta sobre la encimera.


—Voy a cambiarme rápidamente —dijo ella—. ¿Van a estar bien?


—Por supuesto —dijo Gonzalo—. Así tendremos la oportunidad de conocernos.


Ella miró a Pedro y él le guiñó un ojo. Seguramente, era su forma de tranquilizarla y transmitirle que sí iba a estar bien. Ella no quería que Gonzalo le dijera nada que pudiera ahuyentarlo, pero, entonces, se dio cuenta de que era una boba. Pedro no era del tipo de hombre que hiciese nada que no quería hacer.



Pedro no había vuelto a estar en la misma habitación que Gonzalo Chaves desde que eran niños, antes de que su familia hubiera empezado a ascender en la fábrica y mucho antes de la noche en que murió su hermano. Había pasado muchos años odiando a Gonzalo porque era la cara visible de la empresa que había provocado todas las penurias de su familia. Pero aquel hombre no le parecía malvado. 

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