martes, 12 de agosto de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 10

 —¿Se te ocurre cómo puedo hacer esto? —le preguntó a Pedro—. Tengo la pierna izquierda más débil que la derecha.


—Espera aquí mientras compruebo si está muy empinado —le dijo él.


Pedro bajó con agilidad por la ladera y comprobó si el camino de tierra era firme. Después, volvió a su lado.


—Bueno, para bajar, creo que deberías agarrarte a mi hombro y yo iré delante —le dijo—. Vamos a bajar despacio, tú vas a marcar el ritmo. Abajo el camino está nivelado y bordeado con adoquines. Claramente, alguien ha hecho mantenimiento. Pero, cuando volvamos, puede que sea más difícil subir.


Ella ya se había dado cuenta al ver que Pedro tenía que dar zancadas fuertes, casi clavando los pies en el suelo, para regresar, y no estaba segura de si iba a poder hacer lo mismo. En las sesiones de fisioterapia solo había logrado dar esos pasos dos veces con cada pie y, después, las piernas comenzaban a temblarle.


—¿Hay que cruzar ese puente?


—Podemos hacerlo. Pero yo te ayudaré, si te parece bien.


—Sí. ¿Y a tí? ¿Te parece bien? —le preguntó ella con una sonrisa.


Él le metió un mechón de pelo detrás de la oreja y le devolvió la sonrisa.


—Sí. Me gusta ser tu caballero andante.


—El caballero Pedro. Me gusta, pero no quiero ser tu damisela en apuros.


—No vas a serlo. ¿Lista?


Ella respiró profundamente y asintió. Entonces, él empezó a moverse lentamente, como había prometido, y ella, apoyando la mano en su hombro, dio los pasos sin demasiada dificultad. De hecho, le pareció que él iba demasiado lento, pero sabía que era necesario tener cuidado. Cuando llegaron al camino de la parte de abajo, tuvo ganas de echarse a llorar. Sacó el teléfono e hizo una fotografía de la ladera que acababa de descender.


—¿Quieres que te fotografíe al lado? —le preguntó él.


—Sí, estaría muy bien —respondió ella, y le entregó su teléfono—. Estoy intentando documentar mis primeras veces para poder mirarlas durante los malos días.


—Buena idea.


Él le hizo la fotografía y, después, se acercó a ella, le puso una mano en el hombro y sacó un autorretrato de los dos. Luego giró la cabeza y la miró. Sus ojos se encontraron y entre ellos pasó algo como una corriente eléctrica. Ella no tenía ni idea de lo que haría si él bajaba la cabeza y la besaba. No sabía si estaba preparada para un beso… ¿Y si besaba como una adolescente en vez de como una mujer? O, peor aún… Justo antes de quedar en coma, un hombre la había agredido sexualmente. ¿Y si aquel beso hacía que recordara a ese agresor y le producía temor? Se mordió el labio y siguió mirándolo, siguió esperando a ver qué ocurría. Pero, entonces, Pedro carraspeó y le devolvió el teléfono.


—¿Dónde están esas moras de las que he oído hablar tanto?


—Por allí —respondió ella, señalando hacia la izquierda.


Se tomó su tiempo para guardar el teléfono para poder calmarse de la decepción que había sentido. Quería besarlo. Había estado a punto de ceder al impulso, pero se había contenido. Cada cosa a su tiempo. La sonrisa de Pedro, que estaba esperándola para caminar hacia las zarzamoras, hizo que se sintiera viva. Hizo que su cuerpo vibrara de anhelo. Había muchas cosas que, hasta aquel momento, no sabía que se estaba perdiendo. Hasta Pedro. 


Las cosas no estaban saliendo según lo planeado, y él sabía que, en cuanto llegara a casa, su tía Lili querría que le diera un informe. Sin embargo, se dió cuenta de que aquello no iba a contárselo. Hacía mucho tiempo que no se sentía como aquella tarde. Con Paula estaba experimentando algo que no había tenido nunca con nadie. La vió comerse una mora y cerrar los ojos de deleite.


—Perfecta. Dulce, pero con un toque ácido. Pruébala —le dijo ella, y le acercó una después de frotarla contra su falda.


Él la tomó y la masticó sin dejar de mirar a Paula.


—Dulce y ácida, como tú.


Ella se dió la vuelta lentamente y siguió recogiendo moras. 

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