La hermana Chaves era la clave. Cuando Pedro Alfonso se refirió a su amor de adolescencia, cuya vida habían destrozado su hermano mayor y un rencor familiar, fue más fácil pensar en ella como en una extraña. Como si hubiera distancia entre ellos, a pesar de que tenían trágicas conexiones. Para ser completamente sincero, sabía que no podía poner distancia entre Paula Chaves y sí mismo. Cuando su hermano, su primo y ella habían ido a vivir a Chaves Manor y la había visto por primera vez, se había enamorado perdidamente. A su yo de ocho años no le había importado que su familia y él viviesen en las casas de la vieja fábrica a las afueras de Chaves Corners, ni que su padre fuera el encargado en la fábrica. De pequeño, él no había visto que fueran distintos y en aquella fiesta de verano donde todos los niños de las familias de Chaves Manufacturing jugaban juntos, se había encontrado a solas con Paula por primera vez. Ella era valiente y, cuando los niños mayores, incluido su hermano, habían cruzado el río que rodeaba Chaves Manor y discurría por el pueblo, él había vacilado. No sabía nadar, pero no quería quedarse atrás. Entonces, Paula lo había tomado de la mano y le había dicho:
—Podemos hacerlo juntos.
Y lo habían hecho. En aquel momento, su vida había cambiado. Por eso se refería a ella como la hermana de Gonzalo y no como la heroína de su infancia. Ella era la llave de la reconciliación con su pasado. Mientras fuera una Chaves, lo demás no tenía importancia. Su familia no se había quedado mucho tiempo en las casas de la fábrica. Su padre y su hermano eran ambiciosos y comenzaron a ascender en Chaves Manufacturing hasta que el viejo Alfredo Chaves le prometió a su hermano Javier el puesto de consejero delegado de la fábrica. Al final, habían llegado a ser gente importante en Chaves Corners. Pero el accidente de tráfico había cambiado todo eso. La fábrica había cerrado y, en medio del dolor, su padre había comprado acciones de Chaves Manufacturing, para lo que había hipotecado su casa y vendido bienes, con intención de hacerse con la compañía y con el puesto que le habían prometido a Javier Morales. Gonzalo Chaves se había enterado y había aprovechado la situación para endeudar aún más a su padre hasta que todo lo que les quedó fue la escritura del dúplex ruinoso que les había proporcionado la fábrica. En aquel momento, estaba sentado delante de la casa que le traía tantos recuerdos, observando a su nueva vecina, Paula Chaves, que estaba mudándose. Sin poder evitarlo, pensó que por fin tenía todo lo que necesitaba para destruir a Gonzalo Chaves, borrar el mal karma que los Chaves le habían transmitido a su familia y, de una vez por todas, olvidar a la mujer que estaba en el centro de su plan. Alguien llamó a la ventanilla de su coche y, al ver que era Paula Chaves, se quedó sorprendido. Se le había oscurecido el pelo con los años. Ya no lo tenía rubio, casi blanco, como de niña, sino de un color parecido al de la miel oscura. Tenía la cara ovalada y los ojos azules, muy bonitos. Tenía una boca carnosa y la nariz delicada. Ladeó la cabeza a la espera de que él bajara la ventanilla. Pero él apagó el motor y bajó del coche.
—¿Puedo ayudarte en algo? —le preguntó.
—Sí, para eso te he contratado —respondió ella.
Contratarlo.
—Creo que te has equivocado. Yo no soy un mozo de mudanzas.
—Eso ya lo sé —murmuró ella, con su voz ligera, dulce, melódica—. Pero has venido para hacer eso por lo que te contraté, ¿No?
No tenía ni idea de qué estaba hablando, pero antes de que pudiera decírselo, su hermano Gonzalo salió de la casa con una expresión amarga. Paula lo tomó del brazo.
—Tú solo finge que somos viejos amigos y no menciones lo que estás haciendo aquí. Detesto las mentiras, pero no puedo soportar que mi hermano y mi primo sigan diciéndome que estoy demasiado frágil para hacer cualquier cosa.
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