Ella abrió unos ojos como platos. Se dió cuenta de que no sabía qué decir.
—Yo… yo…
Él le apretó la mano.
—¿Te apetece pasar tiempo conmigo, Paula?
Ella asintió.
—¿Te pongo nerviosa?
Ella hizo un gesto negativo.
—Deberías. Eres un hombre, y eres desconocido. Pero… No sé por qué motivo, no me pones nerviosa.
—Me alegro de oír eso. ¿Y si salimos juntos? Podemos hacer las cosas a tu ritmo. Te enseñaré a conducir y a hacer las demás cosas que tengas en la lista —le sugirió Pedro.
—Pero ¿Quieres hacer eso? —susurró ella.
—Una cosa sobre mí: Digo las cosas en serio.
—Vaya. De acuerdo, tomo nota. Y, una cosa sobre mí: Estoy intentando decir que sí a todo.
—Entonces, vamos a salir juntos, Paula Chaves.
—Sí, Pedro… —dijo ella, e hizo una pausa—. No sé cómo te apellidas.
¿Cuál era su verdadero apellido? Había decidido no mentir, pero, si le decía la verdad, cabía la posibilidad de que Paula no lo relacionara con su hermano, pero no estaba seguro de ello, porque un detalle tan pequeño podría activarle la memoria.
—Alfonso. Pedro Alfonso.
Mentiroso. Sin embargo, todavía no estaba seguro de qué papel había tenido Paula en la destrucción de su hermano aquella noche.
—Alfonso. Me gusta. ¿Y tu familia es de esta zona?
Él exhaló un suspiro de alivio.
—Estuvimos un tiempo aquí. Nos fuimos cuando cerró la fábrica. Yo estaba en la universidad, en la Costa Oeste, así que no tuve oportunidad de despedirme del pueblo.
—¿Qué estudiaste?
—Ciencias Empresariales.
Ella frunció el ceño.
—Soy consejero delegado de una empresa, así que me sirvió de mucho.
Ella cabeceó y le dió un sorbito a su café.
—Qué práctico —dijo, como si fuera el trabajo más aburrido del mundo.
—No todos nacemos en la familia Chaves —le recordó él.
—Es cierto. Ni siquiera lo había pensado. Lo siento —dijo ella.
Habló en tono de arrepentimiento y, cuando apartó la mirada, él se dió cuenta de que le había causado ansiedad.
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