jueves, 21 de agosto de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 24

Él había reformado y modernizado por completo la casa y destacaba entre las demás. Había comprado otras tres y también iba a reformarlas con idea de ofrecer alojamiento asequibles a sus empleados cuando encontrara una parcela lo suficientemente grande como para construir el nuevo centro de trabajo de Alfonso Industries. Abrió la puerta y le indicó a Paula que pasara.


—Hay una alfombra, así que ten cuidado.


—Gracias —dijo ella con una sonrisa. Entró y se detuvo después de que él cerrara la puerta. Se quitó el abrigo y se lo dió, y se miró los pies—. ¿Quieres que me quite los zapatos?


—Como quieras. Tengo un servicio de limpieza y van a venir mañana.


Él abrió el armario de la entrada para colgar los abrigos. Al girarse, vió que ella se había sentado en el banco de madera para quitarse los zapatos y se sentó a su lado para hacer lo mismo, pero ella le puso la mano sobre el muslo y se inclinó hacia él. Le rozó el costado del brazo con un pecho y él notó una descarga de deseo. Sintió su respiración en la mejilla, el olor a sidra de manzana y, después, su mano suave, que le giraba la cara para besarlo. Él la rodeó con un brazo por la cintura y la estrechó contra sí mientras el beso se hacía más profundo. La deseaba más de lo que nunca hubiera deseado nada, salvo la venganza. Y ya no podía pensar en vengarse de Gonzalo Chaves. Lo único que podía ver en aquel momento era a Paula, y aquel beso estaba intensificando toda su necesidad. «Deja de pensar», se dijo. La sentó en su regazo y siguieron besándose, y él tuvo una erección bajo su cadera. Entonces, ella separó las piernas y él le acarició los muslos. Se echó ligeramente hacia atrás para poder mirar su maravilloso rostro. Ella tenía los ojos medio cerrados, los labios abiertos e hinchados por sus besos y las mejillas, sonrosadas. Se estremeció delicadamente entre sus brazos y arqueó la espalda, y él miró sus pechos. Sabía que, si la acariciaba, todo iría más allá de unos besos apasionados.


—No pares ahora —susurró ella, y le puso una de las manos en el pecho.


Y aquellas palabras despertaron en él un deseo tan intenso, que supo que tenía que dominarse para no asustarla. Todavía no sabía lo que iba a hacer para resolver sus emociones contradictorias con respecto a la familia Chaves, pero, con Paula entre sus brazos volviéndolo loco de pasión, se dió cuenta de que ella se estaba convirtiendo en algo mucho más importante que el pasado.



Pasar aquella tarde con Kit había sido divertido, pero Paula sabía que quería más, así que, cuando él se sentó a su lado en el banco, lo besó sin pensarlo. Ya había pasado demasiado tiempo esperando. Y había sido… Vaya. No solo lo que esperaba, sino mucho más. Sentía que todo su cuerpo estaba vivo, más vivo que nunca. Le encantaba sentir su barba incipiente y la suave piel de su cuello bajo las yemas de los dedos, y sus labios eran firmes y sedosos al besarlos. Y al notar el roce de su lengua, sentía los pechos muy llenos y el cuerpo dolorido de deseo. Notaba su erección bajo las caderas, y se dio cuenta de que él cada vez subía más y más por sus muslos. Y supo qué era lo que quería que sucediera después: poder sentir sus caricias en la piel desnuda. Le rodeó los hombros y se aferró a él mientras él recorría su cuerpo. Pedro deslizó una mano por debajo de su blusa y le desabrochó el sujetador. Suavemente, le subió la camisa y le acarició uno de los pechos. Ella, sin poder contenerse, se movió en su regazo y le frotó la erección. Entonces, Pedro bajó la cabeza y tomó el pezón con la boca, y ella notó un arco de electricidad directamente hasta el centro de su cuerpo. Dirigió las caderas hacia su otra mano y sintió que sus dedos empezaban a acariciarla entre las piernas. Mientras, él se daba un festín con sus pechos y la llevaba cada vez más y más alto. Su cuerpo se dirigía hacia algo, hacia un clímax alucinante. Y, cuando terminó, ella tembló en brazos de Pedro. Casi delirando de deseo, hizo que apartara la boca de su pecho y empezó a besarlo, succionándole la lengua mientras su cuerpo se deshacía en espasmos de placer. Entonces, él se levantó y la llevó por el pasillo hacia el salón. La depositó en un sofá grande y se quedó mirándola un segundo. 


—¿Quieres más, o prefieres que pare? —le preguntó, con la voz ronca.


—Más. 


—Bien. ¿Tomas la píldora?


—No…


—Voy a buscar un preservativo. Ahora mismo vuelvo.


Ella se quedó quieta un momento, observando su espalda mientras él se alejaba. Después, se incorporó y se quitó toda la ropa. Por un momento, le preocupó el aspecto de su cuerpo. Tenía cicatrices de las operaciones, aunque no muchas, y no tenía ningún tono muscular.


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