Aquel era un día fresco de otoño, pero el frío se le pasó rápidamente al verla. Paula se había puesto una camisa a rayas blancas y negras, una minifalda y unos leotardos también de rayas. Llevaba unos zapatos planos. Estaba preciosa, casi preparada para Halloween, y él se quedó asombrado al ver lo sexy que resultaba con aquel atuendo. No podía evitar sentir deseo por ella, anhelar algo más que una amistad. No importaba que fuera la hermana de su enemigo.
—¿Quieres entrar un segundo? —le preguntó ella.
Sí, por supuesto que quería entrar en su casa. Quería tomarla entre sus brazos y seducirla hasta que se volviera suave y dócil y, después…
—No sé si es buena idea.
—¿Por qué no? —preguntó Paula, mientras tomaba la chaqueta del perchero y se la ponía.
—Porque te deseo, Paula —gruñó él—. Tú me has invitado como amigo y como profesor, y sé que no estás preparada para que yo intente seducirte.
—¡Oh! Bueno, yo también te deseo a tí. No estoy segura de… En realidad, nunca he tenido relaciones sexuales. Bueno, una vez, la noche del baile, me besé con mi acompañante, pero él se comportó de un modo brutal y me rompió el vestido, aunque no llegó a…
—Basta. No tienes que contarme nada de eso —dijo él.
Al oír aquella historia, sintió dolor por ella. Y eso le confundió mucho, porque no era eso lo que había oído contar a su tía sobre la noche del baile. Sin embargo, su hermano había muerto antes de que nadie pudiera hablar con él. ¿Acaso Javier había agredido a Paula? No tenía ni la más mínima idea de cómo era su hermano con las mujeres. Pedro sabía que Javier se había puesto furioso al enterarse de que la fábrica iba a cerrar. Se había puesto agresivo físicamente con él cuando eran pequeños y se peleaban por algo, pero él siempre lo había achacado a la rivalidad entre hermanos. Abrió los ojos y la miró. Se dió cuenta de que ella se había encogido y de que necesitaba saber que todo iba bien entre ellos. Abrió los brazos.
—Eso no importa. Tú y yo aprenderemos poco a poco.
Ella se acercó y él la abrazó. Después, echó hacia atrás la cabeza y la miró.
—Bueno, ahora, vamos a conducir y pasemos el día juntos. Yo no voy a presionarte para que hagas nada.
—Oh, Pedro, eso ya lo sé. Pero no quiero que te sientas decepcionado conmigo, ni por cómo conduzco ni por cómo beso.
—Tus besos son los mejores del mundo. No lo dudes nunca —le dijo él.
Ella asintió. Cerró la puerta y se dirigieron al coche. Él se puso al volante y salieron de Chaves Corners cruzando el puente en el que había ocurrido el accidente. Una vez más, él se preguntó qué habría ocurrido aquella noche. Había cambiado la vida de muchas personas, incluso la suya, aunque él no estuviera en el pueblo. Y le había puesto en el camino hacia aquel momento, hacia unas preguntas que sabía que tenía que responder. Salieron a la interestatal. A aquellas horas del día no había demasiado tráfico. Las hojas de los árboles que había a ambos lados de la carretera estaban empezando a cambiar de color. Paula no recordaba que antes le gustara especialmente el otoño, pero, en el presente, sí. Después de unos minutos, Pedro tomó una salida en la que había un letrero que anunciaba la venta de sidra, manzanas y donuts. Entró en el estacionamiento y dejó el coche algo apartado de los demás vehículos.
—Vamos —dijo—. ¿Te gusta la sidra?
—No estoy completamente segura. Creo que sí. Sé que nunca he probado los donuts de sidra de manzana.
Él salió del coche, lo rodeó y le ofreció la mano para que bajara. Ella dejó el bastón en el coche, porque no sentía demasiado cansancio en las piernas y estaba con Pedro… Y se dió cuenta de que cada día era más fuerte y podía hacer más cosas sola. Sin embargo, sabía que no quería estar sola todo el tiempo. Anhelaba aquel tipo de interacción. Quizá, él también… Estaba claro que Pedro, como ella, tenía sus propios problemas.
—¿Te importa que tenga que ir agarrada a tu brazo? Puedo sacar el bastón…
—No, no me importa —dijo él—. Siento lo que me has contado antes. Me siento muy mal sabiendo que alguien quiso hacerte daño.
—No es culpa tuya. Pero no quiero hablar de eso. Solo quería que supieras en lo que te estás metiendo conmigo. Detesto las mentiras.
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