martes, 26 de agosto de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 25

Pero, entonces, Pedro volvió enseguida. Él se había quitado la camisa y, mientras se bajaba el pantalón y se colocaba el preservativo, no dejó de mirarla.


—Eres la mujer más preciosa que he visto en mi vida.


Ver a Paula desnuda en su sofá le ponía muy difícil poder pensar en otra cosa que no fuese estar dentro de su cuerpo. La trenza rubia le caía por el hombro hasta los pechos. Tenía algunas cicatrices descoloridas en las rodillas y, en la cadera izquierda, una cicatriz más grande y abultada. Aquella herida debía de haber sido grave. También había notado que tenía una cicatriz en la parte trasera de la cabeza al besarla. Al haberla sentido tan viva entre sus brazos hacía pocos momentos, sintió un enorme agradecimiento por el hecho de que estuviese allí en aquel momento. Pero aquellas emociones no eran fáciles de procesar en aquel momento. Paula estaba desnuda en su sofá, esperándolo. Ella le había dado a entender que era virgen, y él no sabía si era necesario que hiciese algo diferente… Quería que aquella primera vez fuera muy emocionante para ella, algo que no olvidara nunca. Sin embargo, al ver que ella abría los brazos hacia él, supo que estaba dándole demasiadas vueltas a la cabeza. Sabía que tenía que resolver algunas cosas, pero eso podía esperar. En aquel momento solo quería sentirse envuelto entre los brazos suaves de Paula y olvidarse de todo lo demás. Se acercó al sofá y, con cuidado, se tendió sobre ella. Sus pezones eran dos pinchos diminutos contra su torso. Él posó el sexo entre sus muslos y apoyó el peso del cuerpo en las rodillas y los brazos. Ella empezó a acariciarle la espalda y él se estremeció cuando tomó sus nalgas para estrecharlo contra su cuerpo. Arqueó la espalda y separó los muslos, y se frotó contra la dureza de su erección. Él dió un gruñido. Necesitaba entrar en ella.  Cuando movió las caderas, ella lo miró a los ojos.


—¿Va a doler?


—No lo sé —respondió él—. Nunca había sido el primero para nadie.


Ella se estremeció ligeramente. Subió las piernas y le rodeó la cintura.


—Me alegro.


—Yo, también.


Él la besó con lentitud para aumentar el deseo y la pasión, de modo que, cuando penetrara en su cuerpo, Paula sintiera más placer que dolor. Entonces, se hundió en ella profundamente y oyó que jadeaba. Paula lo apretó contra sí con los pies. Él empezó a moverse hacia atrás y hacia delante, entrando y saliendo de su cuerpo, y ella gimió. Entonces, él ya no pudo pensar en nada más, solo pudo sentir el cuerpo de Paula. Ella se retorció bajo él y emitió ruidos de pasión que lo excitaron más y más hasta llevarlo al clímax. Pero no habían terminado todavía: Pedro siguió embistiéndola hasta que notó su sexo contrayéndose a su alrededor y supo que ella también había llegado al orgasmo. Después, apoyó la cabeza en su frente mientras recuperaba el aliento. Ella le acarició la espalda y las piernas mientras se deleitaban, todavía unidos, en aquellos momentos. Al final, él rodó y se tendió de costado. La abrazó para adaptarse a las curvas de su cuerpo y la miró.


—¿Estás bien?


—Mejor que bien —dijo Paula—. No tenía ni idea de que podía sentir esto… No sabes lo frustrada que me he sentido por lo mucho que me costaba aprenderlo todo de nuevo. Pero hoy… Esto me va a ayudar a creer que todo ha merecido la pena.


Él le besó la barbilla.


—Me alegro. Me encanta tu cuerpo. Deberías sentirte orgullosa de la fuerza que has recuperado.


—Lo sé —respondió ella, y arrugó la nariz—. Pero todos los demás…


—No son tú. De lo cual me alegro mucho. Alégrate tú de no ser como los demás. 

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