—Gracias —dijo Gonzalo—. Sé que Paula necesita este tipo de actividades, pero me aterra que se caiga y tenga que volver al hospital.
No había duda de que hablaba con total sinceridad.
—Tiene más capacidad de la que piensas.
—Sin duda. ¿Te apetece un café? —le preguntó Gonzalo, cambiando de tema con habilidad.
—Claro —dijo Pedro.
Gonzalo empezó a moverse por la cocina para hacer el café en una cafetera que había en la encimera.
—Bueno, y ¿A qué te dedicas exactamente?
—Dirijo el negocio de mi familia —respondió él—. ¿Y tú?
Gonzalo enarcó una ceja al mirarlo.
—Dirijo el negocio de mi familia. Me parece raro que no nos hayamos conocido. Aunque sé que no debería fisgar, no recuerdo que Paula y tú fueran amigos.
—Es lógico. Creo que éramos más conocidos que amigos. Pero siempre disfrutamos de la compañía del otro.
—¿Sí? ¿Tú eres de Chaves Corners?
—Viví aquí mientras estaba en la escuela elemental y, después, cuando la fábrica cerró, nos fuimos —le dijo Pedro.
Gonzalo suspiró.
—Lo hicieron muchas familias. No sé en qué estaba pensando mi abuelo… Bueno, estaba preocupado por las finanzas, pero el impacto que tuvo en el pueblo fue mucho peor de lo que él había pensado.
—Sí.
Él no quería hablar del cierre de la fábrica con Gonzalo. Deseaba encontrar la manera de reconciliarse con él debido al tiempo que estaba pasando con Paula, pero aún no estaba preparado para perdonarle. No era su momento.
—¿Leche o azúcar?
—Leche —dijo él. Le resultaba extraño sentirse tan enfadado y mantener una conversación tan trivial acerca del café.
—Espero que no fuera un gran golpe para tu familia, también, aunque supongo que les fue bien, si ahora tú diriges el negocio familiar.
—Sí. Al principio no fue fácil, pero creo que el hecho de tener que irnos nos obligó a buscar algo propio —dijo Pedro.
—Me alegro de saber que las cosas les van bien. Bueno, ¿Sabes de dónde ha sacado Paula las moras?
—Espero que del supermercado.
—No —dijo Pedro—. La ayudé a bajar al paseo del río y las recogimos allí.
Gonzalo soltó una maldición en voz baja.
—De verdad, me va a matar. ¿Cómo le fue?
Pedro aceptó la taza que le tendía el hermano de Paula. Los dos dieron un sorbo a su café.
—Bien —dijo—. Le costó volver por el camino de subida y hubo algún momento en que pensé que me iba a pedir que la tomara en brazos, pero no lo hizo. Apretó los dientes y siguió subiendo.
—Es terca.
—¿Están hablando de mí? —preguntó Paula al entrar en la cocina.
Pedro se fijó en que había tomado el bastón para caminar. Se había puesto unas mallas y un jersey largo y se había hecho una trenza.
—Sí —dijo él.
—¿Y? —preguntó ella, mirando a Gonzalo con elocuencia.
—Y nada. Me alegro de no haberme enterado de que fuiste a caminar junto al río hasta después de haberte visto sana y salva en casa. ¿Te apetece un café?
—Sí, por favor —respondió ella.
Mientras ponían la mesa entre los tres y Gonzalo y Paula hablaban de las tartas que habían comido y de lo obsesionado que estaba su padre con ellas, Pedro se dió cuenta de que aquella era otra de las cosas que le había arrebatado Gonzalo, el hecho de tener a una persona con la que compartiera tantos recuerdos. Aunque, en realidad, Javier y él nunca habían estado muy unidos. Tal vez, si su hermano viviera, ellos no tendrían el mismo vínculo que Paula y Gonzalo. De hecho, sabía que no habría sido así, porque él siempre había tenido intención de vivir en la Costa Oeste.
—¿Qué te parece? —le preguntó Paula cuando tomó un pedazo de tarta.
El sabor de las moras calientes y dulces y de la masa quebrada era delicioso. Abrió los ojos y la miró.
—Deliciosa.
Ella se ruborizó.
—Me alegro de que te guste.
—Podría hacerme adicto a esta tarta —confesó él.
—Está muy rica —dijo Gonzalo—. De hecho, me parece mejor que la de Rodri… Pero no se lo digas a él.
Paula miró a su hermano y, después, volvió a mirar a Pedro.
—Por supuesto que se lo voy a decir —respondió, con una sonrisa de picardía.
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