—No, pero sí estoy preocupado por tí. No quiero que te hagas daño, aunque necesites probar cosas nuevas.
—Ah, gracias. Estaba bromeando —dijo ella al oír su firme negativa—. Se me olvida que no eres de aquí. Pero en el pueblo, todo el mundo tiene un sentimiento extraño hacia mi familia. Es como si el sustento de la gente estuviera ligado a nosotros. Bueno, eso es lo que quería decir. Además, está lo de la maldición.
—¿Qué maldición?
¡Demonios! ¿Por qué lo había sacado a relucir?
—La gente cree que los Chaves estamos malditos desde que el abuelo cerró la fábrica. Fue la noche que tuvimos el accidente y, después, la economía del pueblo empezó a ir mal… Pero, después, volvió Rodrigo, yo me desperté del coma y Gonzalo ha vuelto a vivir aquí…
—Entonces, ¿Se ha roto la maldición?
—No estoy segura de que existiera una maldición, pero yo he estado fuera de juego durante una buena temporada… Y echo de menos caminar bajo la lluvia.
—Eso vamos a remediarlo —dijo él con una sonrisa—. Voy a revisar el jardín. Ahora vuelvo.
Pedro se quitó los calcetines, abrió la puerta trasera y salió a la losa de cemento que habían vertido hacía poco tiempo. Ella había contratado a la empresa que le había recomendado Vanina para que limpiara los escombros del jardín. Los arbustos y las flores no estaban podados, pero sí habían cortado el césped recientemente. Se tomó su tiempo caminando por el jardín, comprobando que el suelo fuera estable. Después, se giró hacia ella. La lluvia le empapó la camiseta, que se le pegó al pecho y a los hombros. Ella sintió una pulsación que le recorrió el cuerpo hasta su núcleo femenino, y se quedó allí, mirándolo y deseándolo. Sabía que estaba jugando a un juego peligroso, porque no estaba segura de si iba a tener valor suficiente para tomar lo que quería.
—¿Estás preparada?
Ella vaciló. Él le había tendido la mano y ella lo observó.
—Tú decides si quieres salir.
Podía quedarse en la cocina, mirando el mundo por la ventana, o tomar la mano de Pedro… Y lo hizo. Agarró su mano con firmeza y dio un paso hacia el jardín. La lluvia le cayó encima y ella inclinó la cabeza hacia atrás para sentir las gotas en las mejillas y el pelo. Se emocionó tanto que tuvo ganas de gritar, pero se contuvo y solo emitió un sonido gutural.
—¿Estás bien?
Ella lo miró y asintió.
—Mejor que bien.
—¿Te apetece pasear o estás bien aquí?
—Vamos a pasear, por favor.
Bajaron de la losa de cemento y caminaron por el césped. La hierba húmeda le hizo cosquillas en la piel y ella estiró los dedos y sintió las hojas entre los dedos. Permaneció inmóvil un momento y se sintió feliz al notar su cuerpo. El cuerpo que estaba tardando tanto en recuperarse y permitir que hiciera lo que quería. Sin embargo, en aquel momento era feliz, sí, por estar bajo la lluvia y al lado de Pedro.
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