—Yo no lo recuerdo, pero Gonza y Rodri dicen que hacíamos esto en nuestra finca cuando éramos pequeños.
—¿Por eso querías hacerlo otra vez?
—Sí. Pero, cuando lo pedí, hace poco tiempo, Gonzalo dijo que no.
—¿Dice muchas veces que no?
—Sí. Pero la verdad es que estuvo solo tanto tiempo después del accidente, que creo que ahora no sabe cómo manejarnos a Rodri y a mí sanos y en funcionamiento —dijo ella, mientras seguía recolectando moras.
—¿Qué le pasó a Rodrigo? —preguntó.
Su tía Lili le había contado que había resultado herido, pero no sabía nada más de él.
—Salió disparado del coche porque no llevaba el cinturón de seguridad. Se le rompieron todos los huesos del cuerpo y se le clavaron todos los cristales rotos. Tuvieron que operarlo varias veces y tardó meses en recuperarse.
Pedro se dió la vuelta. Se había quedado horrorizado al conocer la gravedad de las heridas de Rodrigo. ¿Por qué no se lo habían contado nunca? Él había ido a casa desde Berkeley para asistir al funeral de Javier y, después, había vuelto rápidamente a la universidad para aislarse. Cuando volvió a casa, su padre ya había empezado a beber mucho y vivía con la tía Lili. Gonzalo y su abuelo, Alfredo, habían destruido todas las posibilidades de la familia.
—No sabía que la Bestia había pasado por todo eso —dijo Pedro, refiriéndose a Rodrigo por el su apodo de chef famoso.
—Ahora está mejor. De hecho, él dijo que yo sí podía ir a recoger moras, pero Gonzalo se negó y yo lo dejé.
—¿Por qué?
—Porque no me gusta verlos pelearse. Solo nos tenemos a nosotros tres. Además, yo sabía que iba a mudarme y que podría venir en algún momento.
Él sintió miedo al pensarlo.
—Prométeme que no vas a venir aquí sola hasta que hayan puesto la barandilla.
—No. Para eso te tengo a tí, Pedro.
—De acuerdo. Paula, estoy dispuesto a ayudarte en todo lo que quieras hacer, si está en mi mano.
—¿Cualquier cosa?
—Sí. Bueno… Nada ilegal.
Ella se echó a reír, pero volvió a ponerse seria.
—¿Y peligroso?
—¿Más peligroso que bajar aquí?
Ella asintió lentamente.
—Bien —dijo él—. Quiero verte esforzándote. Me encanta ver la alegría reflejada en tu cara. Es como si cobraras vida cada vez que intentas algo nuevo. Me encanta poder experimentar eso contigo.
Él pensaba que ella iba a pedirle algo peligroso, pero Paula se limitó a mover la cabeza y a seguir recolectando moras. Cuando terminaron, volvieron al camino. Él se mantuvo a su espalda y le puso las manos en la cintura, con delicadeza, para ayudarla a mantener el equilibrio mientras subía. Paula se movía lentamente y, en un momento dado, comenzaron a temblarle las piernas, así que él tuvo la tentación de ofrecerse a llevarla en brazos. Sin embargo, cuando hizo ademán, ella lo fulminó con la mirada.
—Quiero hacerlo yo sola.
—No hay prisa —dijo él.
Sin embargo, le preocupaba. Ella dió cuatro pasos más y tuvo que descansar. Y él comenzó a ver las cosas desde la perspectiva de Gonzalo. Parecía que Paula no quería admitir sus limitaciones. Pero, cuando por fin llegaron a la parte superior del camino, ella sonrió y él se dió cuenta de que todo merecía la pena. Ella lo abrazó y él la sujetó entre sus brazos, desesperado por besarla. Pero no lo hizo. Sabía que, antes, necesitaba averiguar algunas cosas.
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