Él iba a enseñarle todo lo que necesitaba saber sobre la manera moderna de salir con alguien y superar su miedo a que la tocaran. La ayudaría a hacer las cosas que le daban miedo, como ir a una cafetería llena de gente y pedir un café, o ir al centro de la ciudad a comer a un restaurante lujoso como Rodrigo's. Había intentado hacerlo sola, pero se había quedado paralizada, en parte porque tenía que llevar un bastón. Era difícil no darse cuenta de que todo el mundo la miraba. Era una Chaves y, en Chaves Corners, todo el mundo sabía que había estado diez años en coma. Era consciente de que el miedo la había dominado durante demasiado tiempo, así que cuando Gonzalo dejó claro que no estaba de acuerdo con sus planes con Pedro, Paula se irritó. Se soltó del brazo de él, se cuadró de hombros y miró a su hermano de frente.
—Gonzalo, sé que, a tus ojos, sigo siendo la hermana pequeña que ha estado dormida durante demasiado tiempo. Entiendo que lo que quieres es protegerme, pero me estás asfixiando poco a poco. Necesito a alguien que me ayude a hacer las cosas que me causan temor, pero que tengo que hacer de todos modos.
—¿Y crees que este hombre es el adecuado? —le preguntó Gonzalo con tirantez.
—Sí —dijo Paula—. No es un extraño. Como te dije, somos amigos.
Se giró hacia Pedro. Él tenía los labios apretados, pero, cuando lo miró, él asintió y le guiñó un ojo. Después, se dirigió a Gonzalo.
—Te doy mi palabra de que no voy a permitir que le ocurra nada malo —prometió.
—Eso no es necesario —dijo Paula.
Las mujeres no necesitaban que los hombres las respaldaran, aunque sería agradable tener a Pedro cerca en aquellos momentos de pánico que iban a surgir.
—Está bien, pero os estaré vigilando —les advirtió Gonzalo—. Y, Pedro, necesito que me digas tu apellido.
—¡No, claro que no! —protestó Paula—. No tiene nada que ver contigo.
Gonzalo sonrió a Pedro con tirantez mientras tomaba a su hermana del brazo y se la llevaba aparte.
—Eres una Chaves y una mujer muy rica —le susurró—. Es una irresponsabilidad que pases tiempo con alguien a quien no conocemos. Deja que lo investigue.
—No, Gonza, te lo digo en serio. Sabes que quería venir a vivir al campo para verme obligada a arreglármelas yo sola. Sin embargo, me he quedado aquí, en Chaves Corners, porque te quiero y quiero que seamos la familia que recuerdo. Pero tienes que dejar que haga esto a mi manera.
—Odio esto —le dijo Gonzalo.
Ella le dió un abrazo a su hermano mayor. Sabía que, por mucho que no quisiera dejarla sola en medio de todo aquello, iba a hacerlo.
—Gracias.
Él dió un gruñido y correspondió a su abrazo. Cuando se alejaba, le dijo algo a Pedro, pero ella no lo oyó. Después, entró en su coche y se marchó. Y ella se quedó a solas con aquel extraño que, esperaba, la ayudaría a encontrarse a sí misma.
Pedro sonrió a Paula mientras Gonzalo pasaba entre ellos y se detenía un segundo para advertirle que, si le hacía daño a su hermana, iría por él. Después, Gonzalo se marchó. Y, ahora, ¿Qué? No sabía qué tenía que hacer la persona a la que había contratado Paula y, por mucho que quisiera destruir a Gonzalo, había empezado a parecerle mal el hecho de utilizarla. Ella dejó de sonreír en cuanto su hermano se marchó y comenzó a respirar agitadamente, como si tuviera un ataque de ansiedad. En aquel momento, supo con certeza que no iba a usar a Paula. A pesar de la desafortunada historia que había entre sus dos familias, ella le agradaba todavía. Además, tuvo ganas de ayudarla a recuperar su fuerza y convertirse de nuevo en la chica intrépida que había sido… Se le escapó un suspiro de frustración. Parecía que, cada vez que estaba decidido a vengarse de los Chaves por lo que habían hecho, había alguna clase de intervención universal que le demostraba que ellos mismos ya se habían destruido.
—Eh, tranquila —le dijo, y se acercó a ella.
La rodeó con un brazo y ella cerró los ojos, como si no sintiera su contacto. Entonces, él la estrechó aún más contra la curva de su cuerpo y trató de no pensar en su propia reacción. Al cabo de unos segundos, el ritmo de la respiración de Paula comenzó a bajar. Alzó la cabeza y abrió los ojos, azules y claros, pero con algunas sombras. Y él, que había ha pensado que ella era la clave para destruir a Gonzalo.
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