Perder una foto no era lo mismo que perder a una persona, desde luego, pero haber perdido incluso aquellos recuerdos, aquel pequeño consuelo…
—Entonces tendremos que aseguramos de que tengas una foto mía para recordarla —dijo.
—Gracias, pero supongo que no voy a tardar en reunirme con ella —Enrique habló de su propia muerte con tal naturalidad que Paula se quedó conmocionada—. Lo que me lleva al motivo por el que te he llamado. Hay algunas cosas que necesitas saber y apenas tenemos tiempo. Ya sea porque me muera, o porque alguien me encuentre finalmente, nuestro secreto saldrá a la luz algún día.
Aquellas palabras inquietaron de inmediato a Paula.
—¿Dónde te esconderás entonces?
Enrique alzó la barbilla.
—Soy un rey. No me escondo. Permanezco aquí por la gente que amo.
—No estoy segura de entender a qué le refieres.
—Permaneciendo aquí se mantiene la ilusión de que mis hijos y yo estamos en Argentina. Nadie se molesta en buscarlos. Nadie puede hacerles daño… Como hicieron con mi Beatríz.
Beatríz, su esposa, que fue asesinada durante la huida.
—Debió ser terrible para tí.
Enrique apartó un momento la mirada, sin parpadear. Luego volvió a fijar sus intensos ojos negros en Paula.
—Fue difícil conocer a tu madre tan pronto tras el asesinato de Beatriz. Yo amaba a tu madre tanto como podía en aquellos momentos. Ella me dijo que si no podía tener todo mi corazón no quería nada.
Paula siempre había pensado que su madre permaneció alejada del rey por motivos de seguridad. Nunca consideró la posibilidad de que hubiera actuado así por motivos emocionales. Era posible que Miguel Chaves no fuera precisamente un príncipe azul, pero había adorado a su madre.
—No sabes cuánto lamento no haberte visto crecer —continuó Enrique—. Nada de lo que pueda hacer o decir compensará que no haya sido para tí el padre que merecías.
La humilde sinceridad de aquellas palabras significaron más para Paula que cualquier cantidad de dinero. Llevaba toda la vida esperando a que Enrique Medina admitiera que debería haber sido un padre para ella. Y aunque aquello no borraba el pasado, era un primer paso hacia la sanación. Acarició la mano de su padre.
—Finalmente decidí pedirle a tu madre que se casara conmigo —dijo Enrique.
—¿Y que pasó?
—Que llegué demasiado tarde.
Paula asintió lentamente.
—Se acababa de casar con Miguel —dijo.
—Decidí luchar por ella demasiado tarde —dijo con sencillez—. No esperes tú tanto para luchar por lo tuyo, querida.
Pero la oportunidad de Paula se había esfumado. En aquella ocasión había sido Pedro el que la había dejado, no al revés. Estaba a punto de contarle lo sucedido a Enrique cuando vió algo en su mirada que le hizo interrumpirse, una profunda sabiduría que procedía de experiencias que ella no podía comprender. Aquel hombre sabía lo que significaba luchar. Y su sangre corría por sus venas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario