Pedro temió emborracharse sí sus hermanos no dejaban de servirle bebidas. Pero para eso había ido a Hilton Head, para estar con su familia. Aún no había asimilado las revelaciones que le había hecho Paula sobre su embarazo. Estaba enfadado con ella por habérselo ocultado y también estaba triste por el hijo que podía haber tenido con ella y que había perdido. Lo sucedido le había hecho comprender lo importante que era arreglar las cosas bien con Paula en aquella ocasión. Tras su pelea, había conducido un rato por la costa hasta que se sintió lo suficientemente calmado como para volver a hablar con ella. Pero cuando regresó, se había ido. No estaba su coche, ni sus maletas. Había vuelto a huir. Él había tomado el primer avión para ir al único lugar al que podía ir en aquellos momentos: A casa con sus hermanos.
—Tienes que averiguar qué es lo que conmueve su corazón —dijo Federico tras tomar un trago de whisky.
Juan Pablo lo miró con expresión socarrona.
—¿Eugenia te ha hecho entrar en una secta o algo parecido?
—¿Por qué dices eso?
—¿Tienes que averiguar que conmueve su «Corazón» —repitió Juan Pablo burlonamente—. ¿Quién eres en realidad? ¿Por qué has suplantado a mi hermano?
Marcos palmeó el hombro de Juan Pablo.
—No seas tan destructivo. Te aseguro que aprender a hablar el lenguaje de las mujeres tiene sus ventajas. Los beneficios son asombrosos.
Federico manifestó su acuerdo asintiendo exageradamente. Pedro miró a sus hermanos, preguntándose cómo era posible que aquellos Neandertal hubieran conseguido las magníficas esposas que tenían. ¿Qué sabían que él no sabía?
—Van a tener que hablar más claro si quieren que los entienda —refunfuñó.
Federico adoptó su mejor actitud de abogado a punto de presentar un caso.
—Las rosas rojas y las cajas de bombones están muy bien, desde luego, pero si puedes pensar en algo más personal, algo que revele que la conoces… Ganarás muchos puntos.
—Les encanta saber que estás pensando en ellas cuando no estás con ellas — añadió Juan Pablo.
Pedro miró a sus hermanos como si se hubieran vuelto locos.
—Es muy sencillo —explicó Federico pacientemente—. Eugenia adora a nuestros perros. Un día de San Valentín compré un collar especial y una correa para cada uno e hice una donación a la sociedad protectora de animales local. Le encantó.
—Yo regalé en una ocasión a Constanza un ordenador portátil y casi se vuelve loca de alegría —explicó Juan Pablo—. Yo le había ofrecido otras alternativas para que pudiera seguir trabajando, pero el portátil fue lo que le permitió organizarse para poder trabajar desde casa y ocuparse también de Nina.
—Hay que saber mezclar lo extravagante con lo práctico —dijo Marcos.
—¿Y cuál es la extravagancia de Agustina? —preguntó Juan Pablo mientras rellenaba su vaso.
La boca de Marcos se curvó en una enigmática sonrisa.
—Me temo que eso no puedo compartirlo contigo, hermanito.
—Comprendo —dijo Juan Pablo, también sonriente.
El sonido de alguien carraspeando tras ellos les hizo volverse. El segundo marido de su madre, el general Carlos Renshaw, estaba en el umbral de la puerta.
—Espero que al menos hayan dejado lo suficiente para que me sirva una copa.
—Claro que sí —dijo Juan Pablo mientras servía un vaso—. Tal vez tú puedas dar algún consejo a Pedro sobre cómo recuperar a su esposa.
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