jueves, 17 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 30

 —Abre los ojos.


Paula apartó las manos de Pedro de su rostro y se quedó boquiabierta. Estaba en lo alto de un edificio que daba a un impresionante cañón que se extendía ante sus ojos en un rocoso paisaje de variados tonos naranjas y marrones. El viento agitaba su ropa con fuerza. Se acercó al borde, aferró la barandilla con ambas manos y comprobó que se hallaba en lo alto de una hacienda construida en el borde de un precipicio. Aquella mañana, al salir de Pensacola, Pedro había mantenido las ventanas del avión y de la limusina cubiertas. Cuando ya llevaban cuatro horas de viaje Paula estuvo a punto de perder la paciencia, pero ahora comprendía que había merecido la pena esperar. La propiedad estaba desierta. Aún había un andamio adosado a uno de los laterales de la casa, pero no había trabajadores a la vista. La hacienda parecía haber sido recientemente reconstruida y el olor a pintura fresca se mezclaba con el de la vegetación circundante.


—Este lugar es increíble. ¿Dónde estamos? —preguntó.


—¿Importa dónde estemos? —Pedro señaló a su alrededor—. ¿No puede ser un lugar bello sólo porque sí, y no debido a su historia?


Paula rió.


—Has hablado como un inversor capaz de ver las posibilidades de una propiedad previamente despreciada.


Pedro se llevó una mano al pecho con expresión de pesar.


—Me duele que me consideres tan calculador.


—Eres práctico, y eso es algo que admiro de tí. No te pareces en nada al irresponsable playboy por el que te tomé el año pasado.


—Pero tampoco me tomes por un romántico. Simplemente he buscado un trabajo adecuado para mis inquietos pies y mi deseo de crear lugares especiales.


—Creo que es algo más.


—Tal vez. Pero soy un hombre y no analizo tanto las cosas como vosotras las mujeres. Sólo sé que me gusta transformar cosas que otros han pasado por alto — Pedro sonrió distraídamente—. Por cierto, estamos en Texas. He supuesto que no podría llevarte más lejos sin que empezaras a preocuparte por llegar a tiempo a la fiesta de tu hermana.


—Has supuesto bien. Y me alegra haber aceptado venir contigo.


Afortunadamente, Delfina no se había disgustado ante la perspectiva de su marcha. De hecho, y para sorpresa de Paula, había insistido en que se fuera.  Pero todo aquello parecía haber quedado en un mundo lejano. Ella había preparado cuidadosamente su equipaje para aquel viaje y había elegido su ropa interior más sedosa y su brillo de labios favorito… En el que tanto se había fijado Pedro en la biblioteca. Tenía muchas esperanzas puestas en aquel viaje. Quería asegurarse de que tenían alguna perspectiva de futuro juntos antes de abrirse totalmente a él. Deslizó los dedos por la barandilla.


—Así que este lugar es tu trabajo. Estoy realmente impresionada.


—No se inaugurará hasta dentro de un mes, cuando los decoradores terminen el interior. Gracias a este trabajo he conseguido un contrato en Perú para hacer algo parecido con unas ruinas del siglo diecinueve —Pedro movió la cabeza—. Pero ya basta de hablar de trabajo. Hemos venido aquí a relajarnos, donde nadie puede vernos y nadie vendrá a interrumpimos. Y ahora quiero que veas algo.


Pedro hizo que Paula se volviera hacia su derecha. Lo que vió fue una piscina sobre la azotea, pero distinta a todas las que había visto hasta entonces. Se prolongaba hasta el final del edificio y parecía fundirse con el horizonte.


—Es lo que llaman una piscina infinita —explicó Pedro.


—¿Cómo es posible que no se acabe al llegar al borde de la azotea? —preguntó Paula.


Pedro la tomó de la mano.


—Está diseñada con el extremo rebajado para que parezca que se funde con el horizonte. Algunos lo llaman borde negativo. Un lado de la piscina está ligeramente más bajo que el otro y tiene un sistema que hace volver el agua constantemente.


—Parece muy complicado.


—Todo es cuestión de técnica. Un hotel de Hong Kong llene la piscina infinita más asombrosa que he visto —Pedro estrechó cálidamente la mano de Paula—, ¿Quieres ir a verla?


—¿Ahora? —preguntó ella, asombrada por la sugerencia—. Acabamos de llegar a Texas y aún me estoy adaptando.


—Pero quieres ir.


Paula reconoció en su fuero interno que le gustaría ir, pero, ¿Sería capaz de dejarlo todo para ver el mundo con Pedro?


—Tal vez —contestó—. Por un periodo de tiempo, tal vez, pero después…


—Deja de pensar en lo que sucederá luego. Disfruta del momento, aquí, al borde de este impresionante cañón. Arriésgate, señorita bibliotecaria.


Paula se puso instintivamente a la defensiva.


—¿Qué tiene de malo trabajar de bibliotecaria en Pensacola, Florida?


Pedro pasó una mano por su cintura y la estrechó contra su costado. 

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