jueves, 17 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 31

 —Yo no he dicho que haya nada malo en tu profesión. Simplemente te estoy ofreciendo la oportunidad de «Experimentar» los libros. Puedes tenerlo todo.


La idea resultaba tentadora, pero la realidad se impuso de todos modos, los recuerdos de su madre, de si misma, incluso algún destello de la mirada desolada de su padre. Las consecuencias que podía acarrear salirse de la zona de seguridad podían ser enormes.


—Mataron a la esposa de mi padre. La asesinaron mientras trataba de llegar hasta él —Paula miró a los ojos de Pedro en busca de respuestas, de comprensión—. ¿No se preocupa tu familia por ese tipo de amenazas? Puede que tu padre muriera en un accidente de tráfico, pero tuviste que ser consciente de los peligros que corrían.


Pedro asintió lentamente.


—Es cierto que mi familia ha tenido que convivir con la realidad de posibles secuestros y amenazas debido a motivos políticos. No es justo, pero así seguirían siendo las cosas incluso si regaláramos todo nuestro dinero y abandonáramos mañana la escena pública. Nadie creería que no teníamos algo oculto en algún sitio. Conservamos nuestra influencia y tenemos la responsabilidad de utilizarla adecuadamente —tomó el rostro de Paula entre sus manos y la miró a los ojos—. No puedes vivir tu vida mediatizada por el miedo.


Paula se apartó de su lado. Apoyarse en él habría sido demasiado fácil.


—Dile eso a Enrique Medina —dijo, y sintió que se le encogía el corazón. ¿Cuánto tiempo le quedaría a su padre?—. Ha pasado casi tres décadas ocultándose del mundo.


—Si supiera donde está, se lo diría cara a cara.


—Supuse que lo habías averiguado cuando me encontraste —dijo Paula. 


Tal vez había esperado que él lo supiera para no tener que decidir ponerse a buscar a su padre. De hecho, había alimentado la esperanza de que fuera allí donde iba a llevarla ese día. No había duda de que era una cobarde.


—Medina mantiene muy bien sus secretos.


—Supongo que sí —como yo, pensó Paula mientras experimentaba una inevitable punzada de culpabilidad.


Pedro volvió a estrecharla contra su costado.


—¿De qué crees que quiere hablarte?


—No tengo ni idea. Lo más probable es que sólo quiera despedirse de mí, algo a lo que supongo que debería acceder. Pero intuyo que entrar en su mundo podría suponer un cambio irrevocable para mí —Paula parpadeó para alejar unas lágrimas que acabaron filtrándose a su alma. Ladeó la cabeza para mirar a Pedro—. Deberíamos hablar.


Pedro alzó una mano para acariciarle una mejilla.


—Creo que ya hemos hablado suficiente por un día. 


Paula tuvo que recordar su decisión de esperar a estar segura de que Pedro iba a quedarse antes de experimentar el dolor que inevitablemente surgiría cuando le explicara lo sucedido. A pesar de todo, su conciencia le hizo susurrar:


—En serio, Pedro. Necesito decirte…


—Deja de discutir. Podemos hablar de lo que quieras luego —Pedro pasó el otro brazo por la cintura de Paula y la estrechó contra sí, reavivando el deseo que había permanecido latente entre ellos toda la tarde—. Ahora mismo quiero hacerte el amor en esta piscina mientras miramos hacia el infinito.


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