El infinito. Para siempre. Podían tenerlo todo. Paula podía tener tiempo para decirle lo que tenía que decirle. Las posibilidades parecían tan ilimitadas como el perpetuo ciclo del agua de aquella piscina. Entonces Pedro la besó y ella se permitió tener esperanzas. Él estrechó con fuerza a Paula, sintiendo que algo se moría en su interior, que la tensión la abandonaba poco a poco. No sabía qué había provocado aquel cambio, pero no pensaba protestar.
—Vamos dentro, a tu suite —susurró Paula.
—Aquí —contestó él—. Estoy seguro de que nadie puede vernos. Diseñé este patio pensando en una intimidad total.
A lo largo de los pasados meses se había torturado fantaseando sobre la posibilidad de llevarla allí y desnudar su cuerpo al sol.
—¿Confías en mi?
—No se me ocurre nada más excitante que hacer el amor al aire libre contigo — dijo Paula mientras lo rodeaba por el cuello con los brazos—. Quiero confiar en tí.
Pedro pensó que confiar en él no era lo mismo que confiarse a él, pero, dadas las circunstancias, no pensaba ponerse a discutir por cuestiones semánticas. Paula le retiró la chaqueta de los hombros a la vez que lo iba empujando hacia una tumbona que había junto a la piscina. Luego le desabrochó los botones de la camisa hasta que flotó tras él, agitada por la brisa. Sonriendo, movió la cabeza y volvió a llevarla hacia la piscina. Paula pareció desconcertada hasta que le devolvió la sonrisa. Se quitó las sandalias y tanteó el agua con los dedos del pie. Su suspiró de placer hizo que la cremallera del pantalón de Pedro se tensara visiblemente. Jugueteó con el lazo que sujetaba a la espalda el ligero vestido que llevaba Paula. Un simple tirón bastó para que cayera a sus pies, dejando expuestos sus pechos al sol. Unos momentos después ambos estaban desnudos junto a la piscina. Los pechos de Paula rozaron el de Pedro cuando lo tomó en su mano y empezó a acariciarlo. Pero él tenía otros planes. La tomó por la muñeca y le hizo colocar la mano de nuevo encima de su hombro antes de rodearla con los brazos por la cintura y alzarla para entrar en el agua. Cuando ésta le llegaba por la cintura, volvió a dejar a Paula en el suelo. Deslizó una mano entre sus piernas, donde la esencia de su excitación se mezclaba con el agua, dejándola dispuesta para sus caricias. Introdujo dos dedos en su cálido interior y la acarició por dentro mientras hacia lo mismo por fuera con el pulgar. Con un tembloroso suspiro, Paula presionó contra él como había hecho en la biblioteca, tan ardiente, tan receptiva… Tan perfecta que Pedro estuvo a punto de perder por completo el control sólo por tocarla. Paula dejó un rastro de frenéticos besos en su rostro.
—Te quiero dentro de mí, totalmente… lo quiero todo aquí, ahora —exigió.
—Estoy más que dispuesto a complacerte —murmuró Pedro con voz ronca a la vez que la tomaba con ambas manos por el trasero y la alzaba.
Ella lo rodeó con las piernas por la cintura, apoyó el centro de su deseo contra el palpitante miembro de Pedro y se dejó caer lentamente.
—Control de natalidad —murmuró Pedro junto a su oído.
Hasta ese momento no se había dado cuenta de su olvido y quiso abofetearse por ello. Él nunca olvidaba aquel detalle. Paula lo rodeó con más fuerza con sus brazos.
—Estoy tomando la píldora.
—No mencionaste ese detalle la vez anterior.
—No tengo las ideas muy claras cuando estoy contigo… Especialmente cuando estamos desnudos. Y ahora, ¿Podemos dejar de hablar y pasar a la parte divertida? Quiero hacer esto… Te deseo. En realidad resulta muy práctico que sigas siendo mi marido.
Pero Paula no se había enterado de aquello hasta hacía unos días, pensó Pedro. No quería saber por qué estaba tomando la píldora. En lugar de ello, se alegró de poder librarse de aquella preocupación para poder… Sumergirse en ella.
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