Paula echó atrás la cabeza y su larga melena flotó en el agua. Pedro inclinó la cabeza para tomar en la boca la cima de su pezón. La acarició con la lengua, la mordisqueó, utilizando su boca de todos los modos que habrían utilizado sus manos si las hubiera tenido libres. El agua se arremolinó entre ellos mientras él empezaba a establecer un movimiento más rítmico a sus penetraciones. Quería que aquello durara. Se negaba a perder a Paula. Aunque habían hecho muchos progresos aquel día, aún sentía sus reservas. Fuera lo que fuese lo que causaba aquella actitud en ella, necesitaba asegurarse de dejarle claro que no tenía que tener miedo, que él podía cuidarla y ocuparse de ella como era debido. Pensaba ocuparse de ella sensual, físicamente y en todos los aspectos que necesitara. El primitivo impulso de hacerla suya se adueñó por completo de él, acentuado por el entorno natural que los rodeaba. Había acudido en busca de Paula y había descubierto en su propio interior algo que no había anticipado. Algo básico e innegable. Imprimió un ritmo más firme a sus movimientos mientras Paula se aferraba a él. Jadeante, echó la cabeza atrás, arqueó la espalda y cerró los ojos, Pedro contempló y saboreó cada momento de su dulce liberación en su rostro, reflejada en cómo se contrajo en torno a él, hasta que ya no pudo contenerse más. Mientras liberaba su simiente en el cálido y palpitante interior de ella, sintió que era suya. Ya se habían terminado las barreras, los límites, los secretos… Paula se rindió al lánguido placer de flotar en el agua y observar las estrellas que cuajaban el cielo. Qué liberador resultaba olvidarse por unos momentos del mundo y sus preocupaciones… Aquella noche no era una esposa, una hermana, una hija… Aquella noche tan sólo era una mujer con su amante. Después de hacer el amor con Pedro habían permanecido largo rato abrazados en el agua, sin hablar. La maravillosa sensación de estar juntos de aquel modo había superado cualquier cosa que hubiera podido imaginar. El sonido del movimiento de los brazos de Pedro en el agua anunció la presencia de éste un segundo antes de que pasara a su lado. Paula alargó una mano para acariciarlo. Pedro dejó de nadar y se puso en pie junto a ella.
—¿Estás lista para entrar? Nos espera una cena fría en la nevera.
Paula lo rodeó con un brazo por el cuello.
—Se está haciendo tarde. No quiero que este día termine.
—Aún no ha terminado —dijo Pedro, que a continuación la tomó en brazos, salió con ella del agua y se encaminó hacia la casa.
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