martes, 22 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 36

Al parecer, Delfina se estaba espabilando, pensó Paula. Tras la conmoción inicial de la noticia, supo que su hermana estaba mejor así. Pedro le dedicó una mirada interrogante. Paula alzó una mano para indicarle que esperara y siguió hablando.


—Es mejor que Delfina ponga ahora en orden su vida y no arriesgarse a un complicado divorcio más adelante.


Harry bufó al otro lado del teléfono.


—¿Dónde estás, Paula? Necesito tu ayuda cuanto antes.


—He salido a dar un paseo en coche. No te preocupes, Miguel. Volveré en cuanto pueda.


A continuación colgó. Al parecer, hasta el infinito llegaba a su final. Pedro se puso los vaqueros y se pasó una mano por el pelo, aún húmedo. Las cosas se estaban complicando con Paula. Su familia sólo tenía que chasquear los dedos para que acudiera corriendo a su lado. Por otro lado, aquel podía ser un rasgo admirable de su carácter. Como un Alfonso, él habría hecho exactamente lo mismo en una situación de crisis familiar. Entonces, ¿Por qué le irritaba tanto aquello? Porque Paula no podía contar con nadie y sin embargo ellos esperaban que lo dejara todo por una pequeña crisis. La observó mientras se ponía un vestido de tirantes y lamentó no haber podido disfrutar más de momento. Pero Paula estaba haciendo el equipaje. Estaba decidida a volver de inmediato para hacer no se sabía qué. Su hermana se había ido. Era un hecho consumado. A pesar de todo. Paula estaba haciendo el equipaje para regresar con mucha más celeridad de lo que lo había hecho para marcharse. ¿Qué estaba pasando allí? De pronto, se quedó muy quieta.


—Pensé que habías dicho que estábamos solos.


Pedro dejó de abrocharse la camisa y escuchó atentamente. El sonido del ascensor llegó con claridad hasta sus oídos. Estaba subiendo.


—Los decoradores están abajo, pero no hay motivo para que suban aquí. Además, no tienen la llave de ese ascensor.


En aquel momento sonó una campanilla fuera de la suite. Pedro se encaminó rápidamente hacia la puerta.


—He dicho que nadie iba a molestarnos, pero parece que estaba equivocado — dijo, molesto por la interrupción. 


Acababa de abrir la puerta cuando una mujer cuidadosamente acicalada salió del ascensor privado de la mansión. Su madre. De todas las personas posibles, tenía que ser precisamente su madre la que se presentara allí cuando estaba con Paula. Su llegada no podía ser casual. Debía saber algo, o al menos lo había intuido. Pedro estaba convencido de que su madre tenía una especie de radar materno instalado en el cerebro. ¿Podía estropearse el día aún más rápido? Pedro cerró cuidadosamente la puerta y masculló una maldición mientras se encaminaba al ascensor.


—¿Qué pasa, mamá?


Ana Alfonso Renshaw palmeó la espalda de su hijo mientras lo abrazaba.


—¿Esa es forma de dar la bienvenida a tu madre? Puede que ya fueras más alto que yo a los trece años, pero aún tienes que cuidar tus modales, jovencito.


Su madre era todo protocolo en el mundo de la política, pero con su familia mantenía una actitud más real, a pesar de que en la actualidad ejercía de embajadora en un pequeño país sudamericano. Pedro miró por encima del hombro la puerta cerrada del dormitorio. No iba a poder mantener a Paula protegida mucho tiempo. Esperaba poder distraer a su madre el tiempo suficiente como para poder volver a la suite a avisarle para que se preparara para el encuentro. La mayoría de las mujeres con que había salido se quedaban paralizadas… O se esfumaban. Estaba seguro de que no era de las que se irían, pero le preocupaba la primera posibilidad. Se consoló pensando que al menos sus hermanos no estaban allí. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario