martes, 15 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 25

 —Aunque pudiera parecerme que es lo más conveniente para ella ¿Por qué iba a visitar Paula a una familia que no ve desde los siete años? —Pedro esperó a que Ezequiel respondiera, pero éste permaneció en silencio—. ¿Qué? No pareces estar en desacuerdo.


—¿Por qué discutir contigo si tienes razón? Pero creo que, a la larga, a Paula le pesaría no hacer ahora lo correcto. 


Pedro miró su reloj. ¿Dónde diablos estaba?


—¿Tu familia está exenta de la reglas pero ella no? ¿Se supone que ella sí debe hacer lo correcto cuando ustedes no lo han hecho?


—Es parte de nuestra familia.


—Eso dices tú. Yo aún no sé muy bien de qué estás hablando.


—Fue elección suya vivir como vive en lugar de reclamar sus derechos de nacimiento —Ezequiel ladeó la cabeza—. ¿No lo sabías? Su madre y ella decidieron hace tiempo no aceptar nada de mi padre. Él les ha aportado su ayuda como ha podido. Premios sorpresa, bonos en el trabajo, incluso una beca para viajar a Europa.


Pedro estaba seguro de que Paula echaría pestes si averiguara que aquel viaje había estado preparado.


—A la mayoría de las mujeres que conozco no les gustaría ser manipuladas de ese modo.


—En ese caso, no se lo cuentes.


—¿Y por qué me lo estás contando tú? —pregunto Pedro. 


Aquello lo ponía en una situación incómoda, obligándolo a guardar secretos. Odiaba las mentiras. Siempre las había odiado. Su padre le había metido aquello en la cabeza desde niño. Siempre solía decir que la medida de un hombre la daba su comportamiento cuando estaba a solas.


—Espero que puedas convencerla de que vaya a ver a su padre. Es una mujer muy testaruda.


—Un momento. Has dicho que prácticamente no se han visto, y sin embargo pareces conocerla bien. ¿Cómo es posible?


Ezequiel se encogió de hombros.


—No he dicho que no nos hayamos mantenido informados sobre ella.


Pedro estaba seguro de que a Paula no le haría ninguna gracia enterarse de aquello. Aunque aquel tipo parecía tenerlo todo muy claro, aún existía la posibilidad de que se trajera algo feo entre manos.


—Es hora de que tú y yo nos vayamos.


—¿Tú y yo?


—No pienso perderte de vista hasta asegurarme por completo de que eres quien dices ser. Yo también tengo contactos.


—Me parece justo. Pero deja que antes te haga una pregunta —Ezequiel entrecerró los ojos, como disponiéndose a saltar sobre su presa—. ¿Quién has creído que era cuando has entrado?


El sonido de la llave en la cerradura impidió que Pedro contestara. Cuando se volvió vió a Paula en el umbral de la puerta que daba al patio, con una bolsa de la compra en cada mano y una expresión de total perplejidad.


—¿Ezequiel? 


La conmoción la dejó paralizada. Parpadeó un par de veces, incapaz de creer lo que estaba viendo. No podía ser uno de sus hermanos… Pero había visto algunas fotos a lo largo de los años y nunca olvidaría el rostro de sus hermanos. El verano que fue a verlos Ezequiel le contó que soñaba con cambiarse de nombre y salir al mundo para labrarse un porvenir por su cuenta. A pesar de que entonces sólo tenía siete años, Paula comprendió su afán de «Salir de una vez por todas de aquella isla». Y, por su aspecto, no parecía haberle ido mal. Se alegraba por él si había conseguido hacer realidad su sueño de vivir su propia vida. Aunque también había conseguido mandar al garete sus planes para la tarde… Pedro y Ezequiel se acercaron a ella a la vez para tomar de sus manos las bolsas de la compra… Compra en la que se había esmerado para preparar una buena cena. Estaba tan nerviosa que las manos le temblaban. Era una tontería estar tan nerviosa ante la perspectiva de preparar la cena para un hombre. Para su marido. Sintió que sonreía antes de darse cuenta de que lo estaba haciendo. Ver a Pedro le hacía feliz. ¡Guau! ¡Qué pensamiento tan increíble… y aterrador! Pero antes de nada necesitaba averiguar qué hacía allí su hermano. Resultaba extraña la idea de abrazar a un hombre prácticamente desconocido con el que sólo había hablado una vez, aunque compartieran el mismo ADN. Reprimió una punzada de inquietud.


—Vamos dentro antes de que se estropeen tus compras con el calor.


Paula dedicó una sonrisa agradecida a Pedro y luego tocó el brazo de su hermano.


—Bienvenido, Ezequiel. Espero que te quedes a cenar… A no ser que tengas otros planes.


—Tu hermano ha dicho que necesita hablar contigo —dijo Pedro mientras iban a la cocina.


—Por supuesto. Seguro que tenemos que ponernos al día sobre muchas cosas — dijo Paula mientras empezaba a guardar automáticamente las cosas en los armarios.


Cuando se volvió para meter unas gambas en la nevera, estuvo a punto de darse de bruces con su hermano.


—Oh, lo siento. No hay mucho sitio.


—¿Cómo me has reconocido? —preguntó Ezequiel sin preámbulos.


Paula miró sus oscuros ojos, prácticamente idénticos a los de ella. 

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