martes, 15 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 28

Finalmente, Pedro la penetró. Apoyado sobre sus codos, la contempló con sus intensos ojos azules. Su mandíbula, tensa a causa de la contención, reveló a Paula que la deseaba tanto como ella a él. La primera vez que se acostaron juntos estaba un poco bebida, pero en esta ocasión estaba totalmente sobria, consciente de cada momento, de cada sensación. Y era aún mejor. Se movió sobre ella. Era tan grande, tan delicado, y estaba tan centrado en ella… ¡Qué sensación tan embriagadora después de haber pasado tanto tiempo en las sombras! Quería seguir allí, disfrutando de los destellos de placer que estaban recorriendo su cuerpo, pero sabía que aquello no podía durar. Tal vez la próxima vez… Tenía que haber una próxima vez…


—Paula… —murmuró Pedro y repitió su nombre una y otra vez, revelándole cuanto había pensado en ella.


Paula trató de contestar, pero no pudo. Lo único que surgió de entre sus labios fue un delicioso gemido de creciente necesidad a la vez que arqueaba la espalda hacia arriba, aceptándolo aun más profundamente en su interior. Sus uñas dejaron un afilado rastro por la espalda de Pedro mientras la intensidad de sus sensaciones crecía en su interior, buscando una liberación. Aquello no podía durar mucho más… Ella no trató de reprimir el grito de placer que surgió de su garganta. Empujó con más fuerza. Se aferró a su espalda. Con un último y prolongado empujón, Pedro se enterró profundamente en ella y permaneció allí, con el rostro en su pelo, jadeando, hasta que se tumbo de espaldas y la retuvo contra su costado. Deslizó una mano por su estómago y trazó un círculo en torno a su ombligo.


—Definitivamente, vamos a tener que ir pronto a por un anillo de diamantes…


Por un momento, Paula se quedó desconcertada… Hasta que comprendió que no se había referido a un anillo de compromiso, sino a un anillo para su ombligo. Técnicamente, ya estaban casados… ¿Pero durante cuánto tiempo? Pedro siguió acariciando su estómago. Ella sintió una punzada de inquietud al pensar en el bebé que, desgraciadamente, había llevado allí tan poco tiempo. Debía decírselo, y lo haría, pero no en aquel momento. Había dejado claro que estaba enfadado con ella por haberlo dejado como lo hizo, y no pudo evitar preguntarse si habría vuelto a buscarla para vengarse. ¿Era posible que fuera tan calculador? En realidad no lo conocía lo suficiente como para estar segura de nada. Lo mejor sería esperar un par de días a que las cosas se asentaran. Entonces le hablaría del bebé que había perdido. Mientras los latidos de su corazón se iban calmando, se preguntó cuánto tiempo podría disfrutar egoístamente de Pedro antes de que la verdad pusiera su frágil relación a prueba. 


Pedro tomó un mechón del largo y suave pelo de Paula entre sus dedos. Su plan era poseerla y marcharse. Esperaba poner fin a su inconclusa relación acostándose con ella una vez más… Pero ya no era capaz de pensar en dejar que se fuera. Si no hubieran estado casados le habría pedido que viajara con él. ¿Por qué no pedírselo de todos modos? Sin duda, no iban a poder resolver nada estando en distintos continentes. Sólo estando con ella podría protegerla de los problemas que pudieran surgir a causa de sus orígenes. Él era el hombre que podía mantenerla a salvo. Tenía que persuadirla para que lo acompañara a Perú tras la boda de su hermana. ¿Y no supondría un placer despertar junto a ella a diario? Pero no esperaba que aceptara de inmediato, desde luego. Era una mujer testaruda y manifestaba una frustrante lealtad hacia su hermana y su padrastro. Tenía que demostrarle que sus vidas podían fundirse, que merecía más de la gente. Se preocupaba por ella de un modo que nunca lo había hecho su egoísta familia.


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