martes, 15 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 26

—Eres igual que tu padre.


Ezequiel parpadeó, desconcertado.


—La última vez que lo viste tenías sólo siete años.


—Enrique también era más joven entonces, y mi madre conservaba una foto de cuando se conocieron. A veces me dejaba guardarla en el cajón de los calcetines, mezclada con otras cosas para que nadie la viera —Paula guardó las gambas en la nevera y luego se volvió de nuevo hacia su hermano—. ¿Por qué has venido? — preguntó, y se quedó paralizada al pensar en una terrible posibilidad—. ¿Enrique ha muerto?


—Está vivo —dijo Ezequiel rápidamente, aunque con expresión seria—. He venido porque te has puesto en contacto con el abogado, aunque me habría puesto en contado contigo de todos modos. Nuestro padre está muy enfermo. Quiere ver a sus hijos.


—¿Y cuantos hijos tiene? —¿De dónde había surgido aquella cruel respuesta?, se preguntó Paula. Sin duda, de las muchas noches de miedos y lágrimas de su infancia.


Pedro apoyó una consoladora mano en su espalda mientras cerraba la puerta de la nevera con un pie. Ezequiel metió las manos en sus bolsillos.


—Tú, nuestros dos hermanos y yo.


—Disculpa si no me siento demasiado segura de eso —Paula respiró profundamente—. Siento que Enrique esté enfermo, pero no creo que tengamos nada que decimos. No después de tantos años.


Esperaba que Ezequiel discutiera, que tratara de persuadirla, pero se limitó a encogerse de hombros.


—De acuerdo. En ese caso le haré saber que te he transmitido el mensaje y que has declinado la oferta. Sí no tienes más preguntas que hacerme, ya he completado mi misión.


¿Eso era todo? ¿Ya iba a irse? Ezequiel dejó una tarjeta en la mesa de la cocina y la aseguró con un pisapapeles.


—Puedes ponerte en contacto conmigo cuando decidas ir a verlo.


¿Cuándo? ¿En una o dos décadas más? Ezequiel se había presentado de pronto en su casa, la había desconcertado por completo y ahora se iba. Obviamente no había ido a verla, sino a informarla. Paula se recriminó por ser tan tonta; estaba claro que en el fondo de su corazón aún conservaba esperanzas, como esas fotos de su familia biológica ocultas entre sus calcetines. Quería llorar, pero sus ojos estaban secos después de tantos años.  Pedro pasó a su lado.


—Te acompaño a la puerta.


—No es necesario —Ezequiel se volvió a mirara Paula mientras se encaminaba hacia el vestíbulo—. Le diré a nuestro padre que irás a verlo pronto.


Paula reprimió el deseo de gritar su frustración. ¿Por qué se consideraban los Medina con derecho a entrometerse en su vida y desbaratarla una vez cada diez años?


—Estás asumiendo demasiado.


Ezequiel se detuvo y se volvió hacia ella.


—Ha habido muchas ocasiones en que mi vida ha dependido de mi habilidad para comprender a la gente —dijo, y a continuación salió de la casa tan sigilosamente como había entrado.


Pedro apoyó de nuevo la mano en la espalda de Paula.


—¿Estás bien?


—Sí. Totalmente. ¿Por qué no iba a estarlo? Sólo han sido cinco minutos de mi vida. Ahora mi hermano se ha ido y todo ha vuelto a la normalidad —Paula se apartó de Pedro y abrió la nevera—. Voy a preparar la cena.


Pedro apoyó las manos en sus hombros y presionó estos con una compasión y un cariño que desmoronaron las defensas de Paula. Estaba harta de repetirse que le daba igual que su padre no hubiera luchado nunca por ella, y que sus hermanos no se hubieran molestado en ponerse en contacto con ella ni siquiera cuando se independizaron. Los años que había pasado siendo el apoyo de todo el mundo y la princesa de nadie cayeron sobre ella hasta que el dolor se hizo tan intenso que no pudo encontrar ningún rincón de su alma en el que ocultarse y escapar. No tenía ningún lugar en el que refugiarse… Excepto los brazos de Pedro. 

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