La impasible expresión de Pedro adquirió un matiz de incredulidad.
—¿Ni siquiera se lo dijiste a tu hermana?
—Delfina acababa de comprometerse con Luca. No quise estropear una época tan especial de su vida.
—No —dijo Pedro. Su cuerpo se había tensado, había dejado de ser un refugio para Paula. Algo había cambiado entre ellos en un instante—. No me creo las excusas.
Paula lo comprendía, pero esperaba algo de… ¿Comprensión? ¿Compasión? ¿Consuelo?
—¿Te cuento mi secreto más doloroso y te limitas a decir «No»? ¿Qué te sucede?
Paula no pudo soportar seguir entre los brazos de Pedro, que se habían vuelto fríos como la piedra. Se puso en pie y se apartó de la tumbona. Él se levantó y metió las manos en los bolsillos.
—Creo que no se lo dijiste a tu hermana porque entonces habrías tenido que permitir que alguien se acercara a tí, que formara parte de tu vida. ¿No crees que a Delfina le dolería saber que no sentiste que podías contar con ella?
Paula no había pensado en aquello desde aquel punto de vista. ¿Habría resultado todo menos doloroso teniendo a su hermana a su lado? Recordando el sufrimiento que experimentó, no creía que nada lo hubiera aliviado. ¿Pero por qué no había pensado más en cómo afectaría aquello a Pedro? Se obligó a mirarlo a los ojos, a enfrentarse al dolor… Y al enfado que vió en ellos.
—Debí decírtelo entonces.
—Desde luego —espetó Pedro—. Pero no lo hiciste. Porque hacerlo habría implicado que yo formara parte de tu vida y de tu familia, cuando lo más fácil para tí era esconderte en tu biblioteca con tus libros.
Paula sintió sus palabras como dardos.
—Estás siendo cruel.
—Estoy siendo realista por primera vez, Paula —Pedro se puso a caminar de un lado a otro del patio. La frustración que sentía se hizo evidente en su tono—. Hablas de un futuro juntos, pero has sido capaz de ocultarme esto todo el tiempo, incluso cuando hemos hecho el amor.
—Te estoy contando la verdad ahora. Hace sólo cinco minutos has dicho que nada podría separarnos.
—¿Me lo habrías dicho de todos modos si no hubieras temido que lo averiguara ahora que todos tus secretos están saliendo a la luz?
Paula no supo qué contestar y Pedro asintió con aspereza.
—Me he pasado todo este tiempo preguntándome si podías confiar en mí y ahora no sé si yo puedo fiarme de tí. No sé si voy a poder estar contigo preguntándome todo el tiempo cuándo vas a volver a huir —dejó de caminar y se pasó una mano por el pelo—. Esto es demasiado. En estos momentos soy incapaz de pensar. Necesito salir un rato —añadió y, sin más, se fue.
La puerta de la calle se cerró silenciosa pero firmemente tras él. Una solitaria lágrima se deslizó por la mejilla de Paula, dando paso al raudal que la siguió. Apenas capaz de ver, volvió a entrar en la casa. Se había pasado el año anterior inmersa en su dolor, en sus temores, sin pensar ni una sola vez en cuánto debía haberle dolido a Pedro que lo dejara. Ahora, a solas en su casa, con el eco de la puerta al cerrarse aún resonando en sus oídos, comprendió hasta qué punto metió la pata al dejarlo. Estaba completamente sola por primera vez en su vida. Miguel estaba enfadado porque no había convencido a Delfina para que se quedara. Su hermana estaba disfrutando de su recién estrenado matrimonio. Y Pedro la había dejado. No tenía a nadie a quien recurrir. Bajó la mirada hacia el pisapapeles que contenía la flor seca y las caracolas que conservaba como recuerdo de la brevísima vida de su bebé. ¿Por qué no había compartido aquel dolor con Pedro? Y ahora, por cómo había hecho las cosas, él también estaba sufriendo la pérdida a solas. Tomó el pisapapeles en la mano y al alzarlo vio que debajo había una tarjeta con un número de teléfono. Era la tarjeta de Ezequiel. Tal vez, había al menos una cosa que podía arreglar en su desastrosa vida. Tal vez aún podía hacer feliz a alguien.
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