jueves, 31 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 46

 —Hmm… —el general acercó una silla a la mesa y aceptó el vaso que le ofreció Juan Pablo—. Bueno, a tu madre le gusta que…


—¡Un momento, general! —las protestas de todos los hermanos se amontonaron.


Pedro estaba totalmente de acuerdo en que aquello debía permanecer en secreto.


—Estás hablando de nuestra madre. Aprecio tu oferta de ayuda, pero hay cosas que un hijo no necesita saber.


Marcos terminó su whisky de un trago.


—La vez que casi los pillamos estuvo a punto de darme un infarto —dijo.


—De acuerdo, de acuerdo —el general sonrió—. Ya lo he captado —añadió a la vez que señalaba la puerta con el pulgar—. Y ahora, ¿Qué tal si salís de aquí y me dejan a solas con Pedro?


Los hermanos se levantaron obedientemente y salieron de la sala de estar. El sonido de sus voces y sus bromas se fue diluyendo mientras se alejaban por el pasillo. El general rellenó el vaso de Pedro.


—Tu padre era mi mejor amigo —alzó su vaso para brindar—. Sé que estaría orgulloso de tí.


—Gracias. Eso significa mucho para mí —aunque no lo suficiente como para eliminar la frustración que sentía por haber fallado en lo más importante, pensó Pedro. Por haber fallado con Paula.


¿Por qué le había ocultado ella lo sucedido? Necesitaba comprender aquello si quería romper el circulo vicioso en que parecían encerrados. No esperaba que el general fuera a darle una solución mágica, pero apreciaba su apoyo de todos modos. El general había permanecido a su lado y al de sus hermanos cuando su padre murió. Él siempre juró que sólo trataba de ayudar a su madre, tal y como ella lo ayudó tras la muerte de su mujer. Pero todos se preguntaban cuánto tardarían en…


—Se tarda lo que haga falta, pero uno no se rinde.


Pedro se quedó asombrado ante la perspicacia de su padrastro.


—¿Has añadido una medalla que lee el pensamiento a tu ya impresionante colección?


—Deja de mortificarte pensando en el pasado y mira hacía delante —dijo el general con firmeza—. No te encojas y admitas la derrota. Aún tienes una oportunidad. Aprovéchala.


—Paula se ha ido —Jonah sacó del bolsillo la tarjeta de Ezequiel y se quedó mirándola—. No quiere hablar conmigo ni volver a verme.


—¿Y vas a aceptarlo así como así? ¿Vas a renunciar a tu matrimonio? ¿A ella? 


Pedro frunció el ceño mientras seguía mirando la tarjeta. No pensaba volver a permitir que Paula se fuera así como así. Había una forma de romper aquel círculo vicioso. Debía demostrarle cómo se apoyaban los miembros de una verdadera familia entre sí, en lugar de la soledad en que ella había vivido, siempre dando, nunca recibiendo. No era de extrañar que no hubiera acudido a él cuando estaba sufriendo. Nadie le había dado nunca motivo para pensar que su petición de ayuda sería atendida. En esta ocasión pensaba demostrarle que alguien la amaba, que él la amaba lo suficiente como para seguirla y permanecer a su lado.


—Tienes razón, general —dijo a la vez que volvía a guardar la tarjeta—. Afortunadamente sé exactamente cómo encontrarla. 

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