jueves, 31 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 47

Paula estaba sentada en un banco del jardín de su padre, esperando. En unos minutos volvería a ver a Enrique Medina. La situación resultaba confusa y surrealista, y no tenía nada que ver con el feliz reencuentro con el que solía soñar de niña. Se volvió hacia Ezequiel, que estaba de pie a su lado con expresión sombría.


—Gracias por haber organizado tan rápidamente nuestro encuentro —dijo Paula.


—No me des las gracias —replicó Ezequiel sin ninguna calidez—. Si fuera por mí, todos viviríamos nuestras vidas por separado. Pero así es como él lo quiere.


Su brusquedad alteró a Paula más de lo que ya lo estaba. Buscó algo que decir para aliviar la tensión. Señaló en dirección al Atlántico.


—Los acantilados son exactamente como los recordaba de mi única visita anterior… Magníficos. A menudo me he preguntado si mi memoria me estaría engañando.


—Aparentemente no.


Y, aparentemente, Ezequiel necesitaba más estímulos para animarse a hablar.


—Qué entraño pensar que nuestro padre ha estado tan cerca todo este tiempo, incluso en el mismo estado.


Su padre se había establecido en una pequeña isla privada junto a la costa de San Agustin, Florida. Una sola llamada a Ezequiel había bastado para poner el mecanismo en marcha. Eloisa había volado en un jet privado, alejándose de Pedro y del catastrófico lío que ella había hecho de su segundo reencuentro. Sintió que las lágrimas atenazaban su garganta. Tragó con esfuerzo y trató de pensar en otra cosa. Ezequiel le tocó el hombro, haciéndola volver al presente.


—Aquí está, Paula.


La puerta de la casa se abrió, pero no para dar paso a un imponente rey de otros tiempos. El sonido del motor de una silla de ruedas eléctrica fue el único aviso previo de la salida de Enrique. Dos enormes perros lo siguieron en perfecta sincronización. Confinado en su silla, Enrique Medina parecía especialmente delgado, gris y cansado. Ezequiel no había mentido. Su padre parecía cercano a la muerte. Paula se levantó pero no alargó los brazos hacia él. Un abrazo habría resultado extraño, afectado. No sabía lo que sentía por él. Su padre la había necesitado y ella había acudido a su lado. Era difícil no recordar todas las ocasiones en que ella lo había necesitado a él. Era cierto que su padre había estado en contacto con ella a lo largo de los años por medio de su abogado, pero de forma infrecuente e impersonal. No pudo evitar pensar en lo distinta que era aquella familia a la de los Alfonso. 


—Hola, señor. Tendrá que disculparme si no sé muy bien cómo dirigirme a usted.


—Llámame Enrique —era posible que el cuerpo del viejo rey fuera débil, pero su voz aún poseía una fuerza sorprendente—. No quiero formalidades y no merezco títulos, ni el de rey ni el de padre. Y ahora siéntate, por favor. Me siento como un anciano grosero por no levantarme estando presente una señorita tan encantadora.


Paula se sentó y él movió la silla para situarse frente a ella. Los dos perros se tumbaron a su lado. El viejo rey señaló la puerta.


—Ya puedes dejarnos, Ezequiel. Quiero hablar a solas con Paula.


Ezequiel asintió y salió sin decir nada.


—Siento que estés enfermo —dijo Paula cuando ve quedaron a solas.


—Yo también.


Enrique no dijo nada más y Eloisa se preguntó si habría empezado a perder sus facultades mentales. Volvió la mirada hacia el enfermero que aguardaba pacientemente en el umbral. No obtuvo respuestas. Miró de nuevo a Enrique.


—¿Has pedido verme? Enviaste a Ezequiel.


—Claro que sí. Aún no he perdido la cabeza. Disculpa mi grosería, pero me ha asombrado comprobar lo mucho que te pareces a mi madre. Ella también era encantadora.


—Gracias, ¿Tienes fotos suyas?


—Se perdieron todas cuando se incendió mi casa.


Paula parpadeó. Sabía que su padre había escapado milagrosamente con vida del golpe de estado en San Rinaldo. Su esposa no lo logró. Él y sus hijos tuvieron que esconderse. No había pensado hasta esos momentos en todo lo que habían perdido. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario