martes, 22 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 34

Los pechos y los pezones mojados de Paula se tensaron al ser acariciados por la brisa y notó la mirada, de evidente aprecio que les dedicó Pedro. La nueva comodidad que compartían el uno con el otro era tan excitante como sentir sus manos acariciándola, pero también le asustaba un poco. Trató de centrarse en el momento, en aquellos pocos días que se había prometido a sí misma. Pedro entró en la casa y se encaminó directamente al dormitorio.  Ella apenas tuvo tiempo de fijarse en los detalles de la decoración, pero, por lo poco que vio, pensó que se parecía un poco al estilo de la casa que había alquilado Pedro en Madrid un año atrás. Tras dejarla en la enorme cama que dominaba el dormitorio, él entró en el baño y salió con dos toallas. Entregó una a Paula y empezó a secarse el pelo con la otra, ella sabía que tardaría mucho en secarse y decidió utilizar la toalla a modo de turbante. Tras frotarse el pelo con energía, Pedro agitó la cabeza antes de tumbarse junto a ella en la cama. Paula apoyó la cabeza en su hombro y deslizó un dedo por su pecho desnudo mientras contemplaba la vista del cañón.


—Es increíble la sensación de intimidad que produce este lugar.


—Eso es algo que trato de conseguir en cada uno de mis proyectos —dijo Pedro mientras apoyaba una mano en la cadera de Paula.


—Supongo que al crecer bajo la atenta mirada del ojo público aprendiste a apreciar el valor de la intimidad. 


—Hasta cierto punto —Pedro deslizó un brazo tras su cabeza y centró la mirada en la lejanía—. Mis padres se esforzaron mucho en protegernos, en asegurarse de que no nos sintiéramos ricos o diferentes.


—Eso suena bien. Tienes suerte de haber contado con unos padres así.


—Lo sé —Pedro se movió incómodo en la cama y enseguida sonrió como para aligerar el ambiente—. Y si alguna vez lo olvido, mi madre se ocupa de recordármelo.


—Debiste ser un niño muy aventurero, siempre buscando territorios que explorar.


—Sí que dí un par de buenos sustos a mis padres, desde luego.


—Sin duda, hoy me he beneficiado de tu espíritu aventurero. Gracias —Paula se irguió para dar un ligero beso a Pedro en los labios—. Jamás había soñado con hacer el amor en una playa, y mucho menos en un sitio como éste. El temor de que alguien pudiera presentarse de pronto, a robarnos, o algo peor…


Paula sintió un estremecimiento que le hubiera gustado poder achacar al hecho de que estaba anocheciendo y el viento parecía haber arreciado. Pedro tomó una manta que había a los pies de la cama y tiró de ella hasta sus cinturas.


—Nunca se me ocurriría ponerte en una situación en que pudieras correr peligro.


Paula se acurrucó contra él.


—No intencionadamente, al menos.


—Nunca —Pedro le acarició los hombros—. Estás volviendo a tensarte. Relájate. 

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