Paula bloqueó el dolor que le había producido la inesperada visita de su hermano y se centró en Pedro. Sólo en él, con ella y, a ser posible, ambos desnudos muy pronto. Lo rodeó con los brazos por el cuello y se pegó a él. Pedro se tambaleó ligeramente.
—Guau —tomó a Paula por las caderas para conservar el equilibrio—. Vamos a tomárnoslo con calma y a pensar cinco minutos. Sé que estás disgustada…
—Claro que lo estoy. Estoy enfadada, dolida y confusa, y quiero que se me pase, y tú puedes arreglarlo, así que pongámonos en marcha.
Presionó sus labios contra los de Pedro y los abrió, exigente. La atracción que había entre ellos resurgió al instante. Paula dió la bienvenida a la agradable sensación que empezó a recorrer su cuerpo y a alejar todas las demás. Placer total.
—Me encantaría complacerte hasta el punto de que fueras incapaz de pensar o hablar, pero necesito saber que esta vez no vas a salir corriendo de aquí antes de que me de tiempo a ponerme los calzoncillos.
Paula mordisqueó sensualmente la oreja de Pedro.
—Estamos en mi casa. Seria mucho más difícil que me fuera de aquí.
—Pero no imposible —insistió el mientras deslizaba una mano hasta el trasero de Paula y la presionaba contra sí para hacerle sentir la evidencia de su excitación—. Estamos aquí para resolver cosas, no para complicarlas más entre…
—Mira a tu alrededor, Pedro —interrumpió ella—. Piensa. ¿Qué he traído cuando he llegado? La cena. Vino. Planeaba una cena romántica porque después de lo que hemos hecho… —Paula hizo una pausa mientras apoyaba una mano en la entrepierna de Pedro—… después de lo que me has hecho sentir, no he parado de pensar en terminarlo. He planeado lo que quiero hacerte, como lograr volverte tan loco como tú me vuelves a mí.
—Ya me vuelves loco caminando por mi mente, así que imagínate cómo me afectas en persona.
—En ese caso, ha llegado la hora de hacer algo al respecto.
Paula tiró del polo negro que vestía Pedro y se lo sacó por encima de la cabeza. ¿Era la noche anterior cuando se había presentado en la fiesta de su hermana? Parecía que hubiera pasado toda una vida, como si el año anterior no hubiera existido. Pero había existido, y no quería pensar en ello. Sólo quería centrarse en Pedro… Aunque éste tenía razón. Necesitaban un tiempo juntos para resolver sus sentimientos, o se pasarían la vida preguntándose, anhelando… Al menos ella. Con un ronco gruñido, Pedro deslizó las manos bajo el vestido de Paula y se lo quitó por encima, dejándola tan sólo con un sujetador de encaje azul y unas braguitas a juego.
—¿Tienes idea de lo atractiva que estás en estos momentos? —preguntó mientras deslizaba una mano tras su cabeza para soltarle la coleta—. He perdido muchas horas de sueño este último año pensando en tí así.
—Espero que no vayas a perder ni un minuto más…
Pedro no necesitó que lo alentaran más. Volvió a besar a Paula, llevándola hacia atrás mientras él avanzaba, hasta que las escaleras interrumpieron su marcha. Pero no por mucho tiempo. Pedro se echó a Paula al hombro y comenzó a subir las escaleras. Ella gritó, pero no protestó porque vió que él se dirigía rápidamente al dormitorio. Una vez en éste la dejó sobre la cama y se tumbó a su lado. Deslizó un dedo por su clavícula.
—Cuando te ví dormir la primera noche fantaseé sobre las joyas que mejor te sentarían aquí —deslizó los labios por donde había deslizado antes el dedo—. Y aquí —añadió mientras mordisqueaba sus orejas.
—No recordaba haber dormido más de un minuto aquella noche —susurró Paula.
—No necesité más de un minuto para imaginarte en mi mundo.
Paula se quedó sin aliento mientras asimilaba las palabras de Pedro. Cuando lo miró a los ojos vió en ellos una expresión momentáneamente sombría, pero enseguida sonrió y perdió la oportunidad de descifrar lo que había visto.
—Además, tengo una imaginación muy activa —añadió Pedro en tono desenfadado. Se inclinó hacia el ombligo de Paula y mordisqueó con delicadeza el sencillo anillo de plata que llevaba él—. Lo que mejor iría aquí sería un diamante.
Tras besarla en la cadera, se irguió un momento para terminar de desvestirse. Luego hizo lo mismo con Paula, que anhelaba acariciar su espalda, sus firmes glúteos, su pecho… ¿Cómo podía desearlo tanto si sólo hacía unas horas que Pedro se había ocupado de sus necesidades en el despacho de la biblioteca? Aquello debería haberla sosegado un poco, pero sólo parecía haber estimulado aún más su deseo. Deslizó el arco de su pie desnudo por la pierna de Pedro, abriéndose para él, deseándolo, dando la bienvenida a cada centímetro cuadrado de su piel.
—Shhh… —susurró Pedro junto a su oreja—. Paciencia. Ya llegaremos ahí…
Incapaz de esperar, Paula deslizó una mano entre ellos y tomó a Pedro en ella, lo acarició, persuasiva, hasta que las manos le temblaron. Él alargó una mano hacia el suelo, hacia sus pantalones, cuando la alzó de nuevo tenía un preservativo en ella. Lo abrió y se lo puso antes de que Paula tuviera tiempo de hacer algo más que sentirse agradecida por el hecho de que al menos uno de los dos conservara la suficiente cordura como para ocuparse de aquello.
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