Dejó el mechón de pelo sobre el pecho de Paula y acarició con un dedo su pezón, que revivió al instante bajo su contacto.
—Te he echado mucho de menos este año —dijo con voz ronca.
—Apenas nos conocíamos entonces y ahora las cosas están volviendo a ir demasiado deprisa —Paula acarició con una mano el pecho de Pedro—. ¿Por qué no nos limitamos a disfrutar del momento?
—Piensa en cuánto hemos averiguado el uno del otro hablando un solo día. Hablemos un poco más —Pedro siguió acariciando con delicadeza el pezón de Paula—. He echado de menos verte, estar contigo, sentir cómo te movías debajo de mí mientras susurrabas cuánto me necesitabas, cuánto necesitabas lo que puedo darte…
Paula rió y le cubrió la boca con la mano.
—De acuerdo, de acuerdo. Ya lo capto.
—No irás a decirme que nunca has pensado en los días que pasamos juntos.
—Claro que he pensado en ellos —Paula se sentó en la cama y se rodeó las rodillas con los brazos—. Tienes una forma de impresionar a las personas que no es fácil de olvidar. Alejarme fue la única opción que tenía para conservar la cordura.
—¿Te vuelvo loca? Eso está bien —Pedro apartó el pelo del hombro de Paula y deslizó un dedo por su espalda—. Veamos si puedo volver a hacerlo.
—Sabes que sí, a muchos niveles.
—En ese caso, hablemos un poco más.
—Preferiría seguir con lo que estábamos…
Pedro sonrió.
—Veo que sólo eres capaz de pensar en una cosa.
Paula también sonrió, aunque no lo miró a los ojos.
—¿Qué tiene de malo que una pareja casada tenga sexo? Mucho sexo. En todas las habitaciones y vehículos a nuestra disposición. Podemos hablar todo el tiempo. De hecho, yo también tengo unas cuantas cosas que decirle.
Pedro la tomó de la mano.
—Estoy hablando en serio, Paula. Acabamos de compartir algo especial. Sería una estupidez por nuestra parte tirarlo de nuevo por la borda. Pero para que las cosas funcionen necesito que esta vez seas sincera conmigo.
Paula se aferró con más fuerza a sus rodillas y Pedro vió el destello de dolor que cruzó su mirada. ¿Qué podía haberle hecho tanto daño? Estaba a punto de preguntárselo cuando ella lo silencio apoyando un dedo sobre sus labios.
—Aunque bromeo sobre nuestro matrimonio y el sexo, lo cierto es que en mi mente estamos divorciados. Ya hace tiempo que lo estamos. Me va a llevar un tiempo adaptarme a todos estos cambios. Están pasando tantas cosas, y tan rápido… Quiero confiar, confiar en d…
—En ese caso, hazlo.
—Eso es fácil de decir para tí, que eres de tipo aventurero por naturaleza. Pero el mero hecho de estar juntos ya es un riesgo para mí.
—Eso no me lo creo. No después de conocer a la mujer que conocí hace un año… —Pedro se interrumpió al notar que Paula parecía realmente asustada. Había una parte de su carácter que no había conocido en España.
En realidad apenas conocía a la mujer con que se había casado, y si quería tener alguna oportunidad con ella ahora, debía esmerarse más que antes. Debía llegar a comprender a Paula para poder conservarla.
—¿Te ha disgustado la visita de tu hermano? Supongo que no es agradable escuchar que tu padre está enfermo. ¿Vas a ir a verlo? ¿Es eso lo que te pasa?
Paula bajó la mirada.
—Aun no he decidido si ir a verlo o no. Ni siquiera sé qué pensar de la visita de Ezequiel. Ha sido tan inesperada que voy a tener que meditar un poco en ella.
—Pero le has creído cuando ha dicho que tu padre estaba enfermo, ¿No?
—Mi abogado me mantiene informada hasta cierto punto. Sé el aspecto que tienen mis hermanos… Aunque no sepa dónde viven —Paula rió sin humor—. Y lo cierto es que no quiero saberlo. No me gustaría ser responsable de su seguridad.
A Pedro no le gustaba que la familia de Paula la dejara allí sola, sin protección. Al pensar aquello comprendió que no podía dejarla ir. No podía dejarla allí sin protección. No había muchas personas que pudieran protegerla al nivel que necesitaba. Pero él era un Alfonso. Y aunque había habido épocas en que había renegado de las convenciones familiares, en aquellos momentos agradeció todo el poder que podía aportarle la influencia Alfonso para evitar que alguien hiciera daño a Paula a causa de sus lazos con los Medina.
—Necesitas algo con que distraerte.
—Ya has hecho un buen trabajo distrayéndome esta noche —Paula pasó un brazo por los hombros de Pedro y le dió un beso cargado de promesas.
El pulso de Pedro se aceleró al instante, impulsándolo a actuar. Pero debía mantenerse firme. Debía ceñirse al plan. Pasar más tiempo con ella. Demostrarle lo bien que podía encajar en su mundo, la facilidad con que podía dejar atrás su vida actual.
—¿Hay alguna posibilidad de que puedas faltar al trabajo un par de días?
Un destello de interés brilló en los ojos de Paula, seguido de otro de cautela.
—Tengo que ayudar a Delfina.
—¿Cuándo tiene su próxima fiesta?
—El próximo fin de semana. La organiza la familia de Luca.
—En ese caso, supongo que no hay problema mientras llegues a tiempo. ¿Puede ocuparse Delfina de los planes durante un par de días?
—Yo podría ocuparme de todo por teléfono. Los accesorios de las damas de honor ya están preparados.
—De manera que el único problema es tu trabajo en la biblioteca. ¿Puedes conseguir tiempo libre?
—Me deben un par de favores —la lenta y seductora sonrisa de Paula captó de inmediato la atención de Pedro—. Todo depende de lo que tengas en oferta.
—Confía en mí —dijo Pedro, decidido a lograr que sucediera aquello a todos los niveles—. No te sentirás decepcionada.
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