Pedro no vaciló ni un momento, como si supiera que, de hacerlo, Paula podría abandonar esa docilidad y huir de él. Entraron en el ascensor y, mientras subían, no apartaron la vista del número que indicaba el panel electrónico sobre la puerta. Finalmente se detuvo, y la puerta se abrió silenciosamente. Él la condujo por el pasillo hasta su suite. Ella apenas se fijó en la decoración, ni en la espectacular vista nocturna de Central Park que se divisaba por los ventanales. Lo único en lo que podía pensar en ese momento era en Pedro, y en que se moriría si no la hacía suya ya. Como si le estuviese leyendo la mente, él lanzó su chaqueta sobre un sofá, y de inmediato la rodeó con sus brazos y comenzó a devorar sus labios. Paula se descalzó mientras él le subía el vestido, y gimió contra su boca cuando encontró sus braguitas. Dejó que se las bajara, sacó los pies de ellas con torpeza por lo impaciente que estaba, y las arrojó a un lado con el talón. Luego le quitó la pajarita a Pedro, le abrió la camisa y le desabrochó el cinturón y los pantalones. Mientras, las bocas de ambos permanecían fusionadas, como si no pudiesen soportar la idea de separar sus labios ni siquiera un solo segundo.
Pedro le quitó el pasador que le sujetaba el recogido, y el cabello le cayó sobre los hombros. Deslizó sus dedos entre los mechones dorados, y le masajeó el cuero cabelludo con una ternura que contrastaba con el ansia y la pasión que le transmitían sus besos. Paula consiguió bajarle finalmente los pantalones y liberar su miembro en erección. Él le levantó el vestido, y ella profirió un intenso gemido cuando la levantó, empujándola contra la puerta, y la penetró de una certera embestida. Durante un instante, como si estuvieran saboreando el momento, contuvieron el aliento y permanecieron quietos. Luego Paula le rodeó el cuello con los brazos y, en medio de los jadeos de ambos, Pedro comenzó a entrar y salir de ella, escalando nuevas cumbres de placer. Cuando llegaron al orgasmo se esforzaron juntos por prolongarlo, hasta que ya no pudieron más y se abandonaron a las gloriosas sensaciones que estaban explotando dentro de ellos. Jadeante, Pedro hundió el rostro en el cuello de Paula. Había sido rápido, frenético… Devastador.
A Paula le temblaban las piernas como si fuesen de gelatina cuando Pedro la depositó en el suelo. Murmuró algo incoherente, recogió su pasador, las braguitas y sus zapatos del suelo y se fue al cuarto de baño. Cerró la puerta tras de sí y se sentó en un taburete, aliviada de poder tener un momento a solas para recobrar la compostura. Apenas podía pensar con claridad. Tenía que salir de allí, alejarse de Pedro. Al cabo de unos minutos se levantó, se miró en el espejo, y se alegró de haberse maquillado más de lo habitual. Con manos temblorosas volvió a ponerse las braguitas y los zapatos, y se recogió el cabello lo mejor que pudo. Luego, inspiró profundamente, y salió del baño. Pedro estaba sentado en la cama quitándose los gemelos, con la camisa y los pantalones desabrochados y una sonrisa sexy y pretenciosa en los labios.
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