Paula suspiró. Remover el pasado no servía de nada, pero los recuerdos aún eran demasiado dolorosos. Aquella noche de años atrás había intentado jugar con fuego y se había quemado, pero lo que más le dolía era que él hubiera pensado de ella lo que había pensado. ¿Cuándo lo superaría? ¿Y cómo podría superarlo cuando Pedro estaba empecinado en doblegar su voluntad para satisfacer su deseo? Su subconsciente traidor hizo que un cosquilleo aflorara en su vientre. ¿Y si se rindiese?, le susurró. Rechazó de inmediato ese atrevido pensamiento, espantada de que su orgullo no lo hubiese reprimido. Sin embargo, aquel pensamiento no solo se negaba a irse, sino que se obstinaba en aferrarse a su mente, insinuando que era inevitable que acabase sucumbiendo al deseo que sentía por él y que tanto tiempo llevaba reprimiendo. Pedro no tenía ni idea de que ella no había conseguido superar su rechazo de aquella noche, del daño que le había hecho. No tenía ni idea de que, después de aquello, prácticamente había llegado a convencerse de que se había vuelto frígida, porque no había sentido placer con ninguno de los hombres con los que había estado. Y no tenía ni idea de que la noche anterior había descubierto que estaba equivocada, que no era frígida, sino que, por alguna razón inexplicable, estaba ligada a él, y parecía que era el único hombre capaz de despertar su deseo. Apretó los puños, airada por el poder que Pedro ejercía sobre ella. ¿Y si lo que debía hacer era derrotarle en su propio juego? ¿Y si para ella la única forma de pasar página y olvidarlo fuera rendirse, dejarse seducir? Tal vez, si se acostaba con él, si se arrancaba esa espina, podría por fin quitárselo de la cabeza, alejarse de él sin mirar atrás, y encontrar la tranquilidad y la felicidad que ansiaba, encontrar a alguien a quien amar y con quien compartir su vida.
–¿Es que no vas a contarme qué está pasando?
Paula se sentó pesadamente al borde de la cama con el móvil pegado al oído y se mordió el labio inferior. Su maleta, abierta en el suelo y a medio hacer, lo decía todo. Y no le hacía falta mirar el reloj para saber que había perdido el vuelo a Nueva York. Cerró los ojos y suspiró.
–Pues que Pedro me ha invitado a ir con Catalina y con él a pasar unos días a la Martinica, y le he dicho que sí.
–Sí, de eso ya me he enterado, Pau –contestó su amiga con impaciencia.
Paula contrajo el rostro. Luciana siempre la llamaba «Pauli»; solo la llamaba «Pau» cuando estaba enfadada o preocupada.
–He estado hablando con mi hermano y hay algunas cosas que no acaban de cuadrarme –añadió–, como que parece ser que hace poco más de una semana pagó una fortuna por darte un beso delante de un montón de gente, o que sigas en Madrid y que mañana vayáis a iros juntos de viaje a una isla paradisíaca.
–Cata viene también –se apresuró a recordarle Paula, como si eso supusiera una gran diferencia.
–Pau, no me tomes por tonta, ¿Quieres? –le espetó su amiga, dolida–. ¿Crees que en todo este tiempo no me he dado cuenta de que siempre que está mi hermano te comportas de un modo raro? Te vuelves distante y se te ve tensa. Mira, sé que ocurrió algo entre ustedes aquellas Navidades en Dublín –añadió en un tono más amable.
Paula se sintió palidecer.
–Luciana, yo…
Su amiga suspiró.
–No pasa nada, no tienes que darme explicaciones. Intuí que algo había pasado, y, como no me contaste nada, pensé que sería mejor no presionarte. Pero es que… Tú has estado a mi lado cuando lo he necesitado, Pauli, y me gustaría que confiaras en mí para poder estar yo también a tu lado en los momentos difíciles.
Paula se sentía como un vil gusano.
–Perdóname. Pues claro que confío en tí. Lo que pasa esque… Es tu hermano. Y yo me sentía tan avergonzada… No es que no confiara…
–Bueno, es igual. Si quieres podemos hablar de eso en otra ocasión. Pero ahora mismo lo que quiero saber es si sabes lo que estás haciendo.
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