Paula no sabía qué responder. Cuando había bajado al estudio para hablar con Pedro toda su sensatez parecía haberse esfumado de un plumazo. De pie tras su escritorio, Pedro la había mirado expectante, y ella, a quien se le había quedado la boca seca de repente por lo guapo que estaba y lo mucho que la intimidaba, se había encontrado balbuceando de sopetón:
–Aquella noche… Aquella noche me dijiste que no ibas por ahí tirándote a las amigas de tu hermana. ¿Qué ha cambiado para que ahora sí quieras hacerlo conmigo?
Pedro había rodeado el escritorio para colocarse frente a ella, peligrosamente cerca de ella, y la había mirado a los ojos.
–Todo ha cambiado. Tú ya no eres una chica inocente de dieciocho años. Has madurado, convirtiéndote en una mujer preciosa, y las barreras que sentía que debía respetar por tu amistad con mi hermana también han desaparecido. Ahora ella está casada, y lleva su propia vida.
–O sea, que ahora ya no hay ningún inconveniente y quieres llevarme al huerto, solo para satisfacer tu curiosidad. ¿Es eso? Pues, ¿Sabes qué?, que me parece que no quiero darte esa satisfacción.
Por un momento, Paula se sintió fuerte, sintió que podría haberlo dejado allí, con la palabra en la boca, pero justo entonces Pedro la asió por la cintura, atrayéndola hacia sí, y la besó hasta dejarla aturdida y sin aliento, desbaratando sus firmes intenciones como un castillo de naipes. Cuando finalmente había despegado sus labios de los de ella, la había mirado con los ojos oscurecidos de deseo y le había espetado en un tono burlón:
–¿Y qué me dices de darte a tí misma esa satisfacción? ¿No crees que deberías ser sincera contigo misma?
Rindiéndose al fin a la realidad ineludible de que no podía escapar, ni rehuir sus sentimientos, le había respondido temblorosa:
–Si hacemos esto, seré yo quien ponga las condiciones: en cuanto terminen estos días y abandonemos la isla, me dejarás tranquila…
La voz de su amiga al otro lado de la línea la devolvió al presente.
–¿Pauli, sigues ahí? ¿Me oyes?
–Sí, sigo aquí. No te preocupes; sé lo que estoy haciendo – respondió Paula, con la esperanza de sonar convincente.
Luciana suspiró.
–Pauli, conoces a Pedro casi tan bien como yo, y sabes que siempre ha dicho que no tiene intención de volver a casarse – murmuró–. Es solo que no quiero que…
–Luciana –la interrumpió ella, antes de que pudiera continuar–, sé lo que puedo esperar de tu hermano. Tengo los ojos bien abiertos; confía en mí. Es algo que dejamos en el aire hace años, y que debemos cerrar –de pronto oyó el llanto de un bebé–. Y ahora deberías dejar de preocuparte por mí y ocuparte de tu pequeñina; parece que Martina se ha despertado.
Cuando colgó, Paula se quedó un buen rato allí sentada, con la mirada perdida. Sabía que ya no podía echarse atrás, y que probablemente aquella era la única manera de quitarse a Pedro de la cabeza, pero temía que Luciana tuviera razón, que por mucho que se dijera que no iba a hacerse ilusiones con respecto a él y que mantendría la cabeza fría, tal vez fuera una batalla perdida.
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