El avión aterrizó en Madrid tras un vuelo sin incidentes, y bajaron del jet privado de Tiarnan. Paula vió aliviada a lo lejos el taxi que había pedido antes de salir de la Martinica, y sintió un alivio inmenso. El chófer de Pedro había ido a recogerlos, y él le indicó con un ademán que le diera su maleta, pero Paula se aferró a ella. Pedro, a quien no le gustaba que lo hicieran esperar, frunció el ceño y alargó la mano hacia ella.
–Tu maleta, Paula.
Ella sacudió la cabeza y dió un paso atrás.
–He pedido un taxi –le dijo, señalando en esa dirección con la cabeza–. Va a llevarme a la terminal 4. Antes de salir saqué un billete para un vuelo a Nueva York desde aquí.
Pedro clavó su mirada en ella, haciéndola estremecer por dentro, y la llevó aparte.
–No seas ridícula. No tienes que irte a Nueva York; puedes quedarte conmigo hasta que vuelva a la Martinica.
Paula esbozó una sonrisa amarga.
–¿Era eso lo que esperabas que pasara? ¿Que ahora que estoy lejos de Cata podamos seguir acostándonos sin que tengas que preocuparte por que la manipule?
Pedro volvió a fruncir el ceño. No estaba acostumbrado a que le leyeran la mente, y no podía negar que precisamente eso era lo que tenía pensado. Tendió la mano de nuevo, incómodo con la sensación de desesperación que lo invadió de repente.
–Vamos, Paula, no me hagas perder el tiempo.
Ella sacudió la cabeza con vehemencia.
–No. Acordamos que esto terminaría cuando acabasen estas vacaciones, y han acabado –se obligó a decir. Las palabras eran cristales rotos que le cortasen la lengua al pronunciarlas–. Gracias por invitarme.
Pedro apretó la mandíbula.
–Déjate de juegos, Paula. No voy a perseguirte por medio mundo, y no vas a conseguir nada más de mí por más que te hagas de rogar.
–No se trata de ningún juego –le respondió ella dolida–. Estoy hablando muy en serio; esto se ha terminado.
El tono quedo pero firme de Paula hizo que Pedro se preguntara de pronto si no estaría diciéndole la verdad, y lo asaltó también la incómoda y terrible sospecha de que tal vez había juzgado erróneamente su comportamiento con Catalina. De repente, toda una serie de cosas empezaron a encajar, y la expresión de Paula le recordó cómo lo había mirado aquella noche de diez años atrás, cuando él se había dado cuenta de que era virgen y la había increpado por intentar seducirlo. Esa mirada se había quedado grabada a fuego en su mente, pero entonces no había sabido interpretarla. En ese momento, mirando a Paula, sabía lo que significaba: vulnerabilidad. Dió un paso atrás, contrariado por las emociones encontradas que se agitaban en su interior. ¿Podía ser que se hubiese equivocado de parte a parte con ella?
–Comprendo –murmuró aturdido, sin saber muy bien qué estaba diciendo–. Gracias por acompañarnos, Paula. Seguro que nos veremos pronto.
Paula palideció, y lo miró confundida, como si hubiese esperado más insistencia por su parte; casi como si la hubiese decepcionado.
–Claro –musitó–. Y, Pedro…
Él la miró aturdido.
–Por favor, no pienses que me debes nada por estos días –le dijo Paula–. Si se te ocurre mandarme cualquier cosa como muestra de agradecimiento, te lo devolveré.
Pedro la siguió con la mirada mientras se alejaba. El taxista, que se había bajado de su vehículo al verla acercarse, tomó su maleta y le abrió la puerta para que se sentara. Luego metió la maleta en el maletero, se puso al volante, y se perdieron en la distancia mientras él seguía allí plantado, como si lo hubiese golpeado un rayo.
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