Un par de días después estaban desayunando en el porche de atrás. Papá Luis estaba hablando de las plantas del jardín con Pedro, y Mamá Sara iba y venía, atareada en sus quehaceres, cuando de repente apareció Catalina, que había salido a dar una vuelta, tirando de su bicicleta.
–Papá, ¿Puedes echarle un vistazo a la cadena? –dijo–. Está saliéndose otra vez.
Paula se quedó de piedra, y se preguntó si Pedro se habría dado cuenta de que lo había llamado «Papá» en vez de por su nombre, como había estado haciendo últimamente. Pedro y Papá Luis interrumpieron su conversación, y Papá Luis, los dejó a solas discretamente, guiñándole un ojo a Paula. Ella iba a seguir su ejemplo, pero Pedro le lanzó una mirada, como pidiéndole que se quedara. Cruzó los dedos mentalmente mientras él iba con la pequeña. Lo oyó hablar con ella, aparentando la mayor normalidad posible, y lo vió revisar la cadena de la bicicleta, aunque no parecía que le pasara nada. Y entonces, Catalina, como quien no quiere la cosa, dijo:
–Papá, ¿Podemos ir de excursión a la montaña?
Pedro miró a su hija, que estaba rehuyendo su mirada.
–Creía que me habías dicho ya eras un poco mayor para eso – contestó Pedro en un tono suave.
Paula contuvo el aliento, y respiró aliviada cuando Catalina respondió:
–Bueno, sí, pero pensé que a lo mejor no te importaría… Es que… Como Alma está en el colegio, no tengo a nadie con quien jugar –añadió, con las manos entrelazadas a la espalda–. ¡Y Pau también puede venir! –exclamó de repente, corriendo a sentarse en su regazo y dándole un gran abrazo–. Podemos enseñarle los nidos de las arañas y todo eso.
Paula se estremeció y puso una cara de asco que hizo reír a Catalina.
–¡Puaj! No, muchas gracias. Creo que puedo pasar sin ver dónde ponen las arañas sus huevos. No me van nada los bichos. Pero puedes hacerles fotos y enseñármelas luego.
Catalina se bajó de su regazo de un salto.
–¡Mira que eres boba, Pau! –exclamó riéndose–. No sabes lo que te pierdes. Pero si no quieres iré yo sola con papá. Y si cambias de idea puedes venir la próxima vez.
Y, dicho eso, corrió dentro de la casa, llamando a gritos a Mamá Sara para que la ayudara a preparar una mochila con comida. Pedro, que se había quedado anonadado, fue a sentarse junto a ella.
–Todavía no me lo puedo creer –murmuró, con la mirada fija en la mesa, aturdido–. No me llamaba «Papá» desde que se enteró de que era adoptada…
–Los niños antes o después acaban perdonando –dijo ella, encogiéndose de hombros.
Pedro levantó la cabeza y la miró de un modo extraño, escrutándola con los ojos entornados.
–¿Por qué será que tengo la sospecha de que has tenido algo que ver en esto? La otra noche tardaste mucho en volver cuando fuiste a darle las buenas noches; y estos dos últimos días ha estado más callada que de costumbre…
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