martes, 23 de diciembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 38

 –No lo sabía. Pero aun así, en nuestra sociedad se juzga a los hombres por unos parámetros mucho menos exigentes que a las mujeres, y más aún si han triunfado, independientemente de que hayan estudiado o no una carrera.


Pedro tomó un sorbo de vino.


–Tienes razón. Por desgracia. Pero, si tanto significa para ti el tener una carrera, ¿Por qué no lo hiciste cuando tuviste ocasión?


–¿Quieres decir como Luciana?


La hermana de Pedro y ella habían empezado a trabajar como modelos al mismo tiempo, pero Luciana había hecho el esfuerzo de compaginarlo con sus estudios para conseguir el diploma de educación secundaria, y luego se había licenciado en Psicología en Nueva York. Pedro asintió, y Paula volvió a encogerse de hombros. No sabía cómo podría confesarle algo que le causaba aún más vergüenza: Como su madre le había repetido durante años que su belleza era lo único que importaba y que con su cara y su cuerpo no necesitaba estudios, que lo que tenía que hacer era buscarse un buen partido. Tomó un sorbo de su copa, para reunir fuerzas, y lo miró.


–¿Te acuerdas de mi madre?


Él asintió. La recordaba muy bien: una mujer descarada que lo había crispado con su actitud; una mujer a la que le importaban más su aspecto y su estatus social que ninguna otra cosa.


–Claro. ¿Cómo está? –preguntó, solo por cortesía.


Paula esbozó una sonrisa forzada.


–Seguro que está estupendamente. Está de crucero con su marido rico, el cuarto ya, y no me cabe la menor duda de que es de lo más feliz.


Pedro frunció el ceño.


–O sea que… ¿No se ven mucho?


Paula sacudió la cabeza.


–Muy de cuando en cuando: A lo mejor si viene unos días de compras a Nueva York, o si viene a uno de mis desfiles… Pero no, en general no le gusta verme porque recordarle que tiene una hija es recordarle que ya no es tan joven.


Pedro contrajo el rostro. No le sorprendía en absoluto.


–Mi madre tiene la firme convicción de que una mujer guapa debe aprovechar lo que le ha dado la naturaleza para sobrevivir. Después de que Luciana y yo empezáramos a trabajar como modelos, le pareció que no tenía sentido que siguiera con el instituto. Y tampoco es que fuera una estudiante brillante –le explicó, bajando la vista a la mesa–. Por eso, aunque en algún momento sí me he planteado volver a estudiar y conseguir una titulación universitaria, me da un poco de miedo acabar fracasando.


Pedro la tomó de la barbilla para que lo mirara. Paula se sentía como si le hubiera desnudado su alma. Nunca le había confesado aquellas cosas a nadie. ¿Por qué, precisamente, había tenido que contárselas a él?


–Paula, si lo que temes es que piensen de tí que, por ser modelo, tienes la cabeza hueca, los que piensen así es que no te conocen –le dijo Pedro con vehemencia, frunciendo el ceño–. Además, algunas de las personas más influyentes del mundo tampoco tienen un título universitario, y eso no les ha impedido triunfar.


Paula, que se había puesto roja, tragó saliva. Pedro parecía casi enfadado. Y entonces, como si se hubiese dado cuenta de que se estaba pasando un poco, dejó caer la mano y murmuró:


–Perdona. Es que me da rabia verte tirarte por tierra así a tí misma –sacudió la cabeza–. Los padres pueden llegar a ser tan crueles, y hacerles a sus hijos tanto daño…


Paula sintió que se le hacía un nudo en la garganta, y tuvo que parpadear para contener las lágrimas. Puso su mano sobre la de él, y le dijo en un tono quedo:


–Gracias, Pedro. Sé que lo que dices es verdad, y tienes mucha razón en lo de los padres… –esbozó una sonrisa temblorosa–. Catalina tiene mucha suerte de tener un padre como tú.


Pedro hizo una mueca.


–Pues ahora mismo cualquiera lo diría… Sigue enfadada conmigo.


Paula le apretó la mano.


–Se le pasará; ya lo verás.

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