martes, 16 de diciembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 29

Se obligó a esbozar una sonrisa y le dijo:


–Pues entonces podemos estar tranquilos, ¿No? Gracias a nuestras convicciones, como no esperamos nada de nadie, no nos llevaremos una decepción.


Pronunciar esas palabras, que iban frontalmente en contra de su propia filosofía, fue para ella como aserrarse el corazón, pero tuvieron el efecto que buscaba, porque Pedro sonrió y, entornando los ojos, murmuró:


–Un espíritu afín… Ni yo mismo lo habría expresado mejor.


Aunque Pedro y Paula seguían sentados en el porche, la mesa ya estaba recogida, Fiorella hacía rato que se había ido, y Mamá Sara acababa de darles las buenas noches. Cuando ella le había agradecido la cena con un afectuoso beso en la mejilla, la buena mujer se había mostrado algo azorada por el cumplido, pero contenta de que le hubiese gustado su comida. Papá Luis, su marido, había ido a recogerla, y se habían marchado del brazo, riéndose y charlando en el dialecto del francés que se hablaba en la isla. Mientras veía alejarse al matrimonio, que parecía tan enamorado como una pareja de recién casados, no pudo sino recordar con amargura la conversación que había tenido con Pedro durante la cena y, cuando él puso su mano sobre la de ella, se tensó de inmediato.


–No se te ve muy relajada –comentó él.


Paula se encogió de hombros y reprimió los sentimientos contradictorios que la agitaban por dentro.


–Al contrario de lo que puedas creer, no estoy acostumbrada a que un hombre rico me arrastre a través de medio mundo para convertirme en su amante por unos días.


Pedro apretó la mandíbula. Con lo que Paula le había dicho durante la cena, dándole a entender que pensaba como él, debería sentirse cómodo, tranquilo, pero no era así. No del todo. No se fiaba de ella, y no sabía por qué, pero eso lo exasperaba. ¿Acaso había alguna mujer de la que se fiara? No, no tenía por costumbre confiar en ninguna. Dejó a un lado sus dudas. No tenía necesidad alguna de empezar a cuestionarse nada. Paula estaba allí, con él, y eso era lo único que importaba. Y estaban perdiendo un tiempo precioso cuando podían estar disfrutando. La miró, que estaba abstraída en sus pensamientos, observando la luna, que se alzaba ya sobre el mar. Su cabello rubio brillaba con la luz de las velas que había encendidas en el suelo, a lo largo del borde del porche, igual que la piel de satén de sus brazos desnudos. De pronto se le ocurrió algo que podría eliminar la tensión que se palpaba entre ambos.


–Me parece que sé justo lo que necesitamos –anunció, poniéndose de pie.


Paula lo miró, pero, antes de que pudiera decir nada, Pedro la tomó de la mano y la hizo levantarse también. Cuando la llevó dentro de la casa le flaqueaban las piernas y el pánico empezó a apoderarse de ella. Tenía que decírselo, tenía que saber que no era la clase de mujer que él pensaba que era…


–Pedro, yo…


Él se volvió y le puso un dedo en los labios.


–Vamos a salir.


El pánico de Paula se tornó en confusión, y la imagen mental de ambos, desnudos en la cama de Pedro, en una amalgama de miembros sudorosos, se disipó al instante.


–¿Qué? ¿A dónde?


–Voy a llevarte a bailar.


Cuando Paula entró de la mano de Pedro en el concurrido bar del pueblo al que llegaron en el todoterreno, la música los envolvió al instante, igual que el calor humano y el runrún de las conversaciones. El barman pareció reconocer a Pedro nada más verlo, y lo saludó con una enorme sonrisa.


–¡Pedro, amigo! Me alegra verte –le dijo, lanzándole a ella una mirada entre curiosa y pícara–. Y también a esta acompañante tan bonita que traes…


Por primera vez en su vida, Pedro sintió el aguijón de los celos al ver a su amigo devorando a Paula con los ojos. Claro que era lo mismo que había hecho el resto de los hombres cuando habían entrado en el local. Ella destacaba como si fuese un pájaro tropical de magníficos colores. Resistiendo el impulso de dar media vuelta y sacarla de allí, se obligó a mostrarse civilizado y respondió:


–Hola, Gustavo. Yo también me alegro de verte. Ron para los dos.


Miró a Paula, y le sorprendió ver que parecía casi… Cohibida.


–¿Te parece bien? –le preguntó.


Paula alzó la vista hacia él aturdida.


–¿El qué?


–Lo del ron. Lo hacen aquí, en una destilería del pueblo; es muy bueno. He pensado que deberías probarlo.


Ella se limitó a asentir, y una camarera los llevó a un reservado con vistas a la calle, con el puerto al fondo. El bar, abarrotado de lugareños, estaba en la planta baja de un viejo edificio de estilo colonial. La pieza de salsa que estaba interpretando una pequeña banda en un rincón terminó en ese momento, y empezaron a tocar una pieza más lenta y sensual. Y por cómo se movían algunas de las parejas en la pista de baile, cualquiera diría que estaban en un tris de buscar un sitio más discreto para… Paula sintió que se le subían los colores a la cara, y Pedro tuvo que escoger justo ese momento para reclamar su atención, tomándola de la barbilla para que lo mirara.

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