martes, 2 de diciembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 24

 –Antes, cuando dijo que no eres su padre… –comenzó Paula vacilante, sin saber muy bien cómo preguntar lo que le quería preguntar.


Una sombra cruzó las facciones de Pedro.


–Es la verdad; no lo soy.


Poaula frunció el ceño y sacudió la cabeza.


–Pues claro que lo eres. Quiero decir que…


Esa vez fue él quien sacudió la cabeza. Apuró su copa y apretó la mandíbula.


–No, no lo soy. Hasta hace un par de años creía que sí lo era, y probablemente nunca lo hubiera descubierto si no hubiera sido por algo que ocurrió. Un día Catalina se puso enferma y la llevé al hospital. Al final no era nada grave, pero tuvieron que hacerle unos análisis de sangre y… Bueno, es una larga historia, pero el caso es que a raíz de aquello descubrí que yo no era su padre biológico.


Paula volvió a fruncir el ceño.


–Pero si tú no eres su padre…


–¿Quién es su padre? –terminó él la pregunta por ella, con una risa amarga–. A saber. Podría ser cualquiera de los tres o cuatro hombres con los que al parecer estaba acostándose Estela cuando rompimos –apretó los labios–. Los otros no tenían tanto dinero como yo, así que cuando Estefanía descubrió que estaba embarazada decidió hacerme creer que yo era el padre. Y la jugada le salió bien, porque mordí el anzuelo. Yo, que siempre me había jurado que no me vería en una situación así, de pronto descubrí que tenía un instinto paternal que desconocía, y me sentía en la responsabilidad moral de hacer lo correcto, así que me casé con ella –le explicó–. En cuanto nació Catalina, Estefanía se largó con otro, y accedió al divorcio a cambio de una suma nada desdeñable de dinero. El resto, como se suele decir, es historia.


Paula sabía que eso de que había sido una suma «Nada desdeñable» de dinero era decir poco. Por lo que había leído en los periódicos, Estefanía se había hecho rica con lo que le había sacado a Pedro con el divorcio. Un montón de preguntas la asaltaron de repente. ¿La habría amado, a pesar de lo reacio que había sido siempre al matrimonio? ¿Sería por eso por lo que se había casado con ella, aparte de porque creía que debía hacer lo correcto? ¿Le había roto Estefanía el corazón y por eso se había vuelto tan cínico? ¿Sería ese el motivo por el que desconfiaba de las mujeres? Tragó saliva.


–¿Cuándo descubriste que había otros hombres en su vida?


Pedro cerró los ojos un momento y se frotó la cara con la mano.


–El día que la interrogué tras descubrir que Catalina no era hija mía. Tan pronto como supe la verdad hice los trámites necesarios y pude adoptarla gracias a que Estefanía me había cedido la custodia al firmar el divorcio. No iba a darle la oportunidad de que utilizara a Cata como si fuera un peón para sacarme más dinero. Y lo intentó, pero por suerte para entonces ya era mi hija ante la ley. Además, Estefanía sabe muy bien que teniendo que ocuparse de una niña no podría seguir con su estilo de vida hedonista, así que ni ha intentado demandarme.


Saltaba a la vista que Catalina le importaba tanto como si hubiese sido su hija biológica de verdad, pensó Paula conmovida. Aquel no era el Pedro al que estaba acostumbrada, un hombre implacable que la intimidaba; de pronto estaba viendo su lado más humano.


–Si dejo que Cata siga viendo a Estefanía, es porque es lo que quiere. Luego siempre viene disgustada, pero aun así sigue queriendo ir a verla –murmuró Pedro, sacudiendo la cabeza con incredulidad. No comprendía aquel comportamiento, aparentemente masoquista, de la chiquilla–. Hace un año fui a Buenos Aires a recogerla, que estaba pasando unos días con su madre. Nos oyó discutiendo, y se enteró de lo de la adopción. Al principio se negó a volver conmigo, pero Estefanía le dió a entender sin ninguna delicadeza que no quería que se quedase más tiempo con ella, y no le quedó más remedio que venirse conmigo.


Paula se llevó una mano a la boca, espantada de que una madre pudiese ser tan cruel.


–¡Pobre Cata!


–Y aun así sigue queriendo volver a ir a verla –repitió Pedro, sacudiendo la cabeza de nuevo.


Paula se imaginaba lo mal que debía de estar pasándolo la pequeña, porque en cierto modo era parecido a lo que ella había pasado con su madre durante años.


–Todavía no se lo he dicho a Luciana –le confesó Pedro–; le traería recuerdos que son muy dolorosos para ella.


Paula sabía a qué se refería. Al morir el padre de ambos, Luciana había descubierto que su verdadera madre era la amante de su padre, su secretaria. Había muerto al dar a luz, y la esposa de su padre, la madre de Pedro, la había criado como si fuese hija suya. Sin embargo, nunca se habían llevado bien, y el descubrir la verdad la había sumido en una crisis emocional que podría haber acabado de un modo trágico. Y aunque afortunadamente no había sido así, desde entonces Luciana y su madrastra se habían distanciado aún más.

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