jueves, 18 de diciembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 33

Paula se arqueó, atrayéndolo aún más dentro de sí, y él, haciendo uso de todo su poder de autocontrol, empezó a mover las caderas. Las mejillas de ella estaban teñidas de rubor y de sus labios, hinchados por sus besos, escapaba un gemido tras otro.  Al verla así, Pedro sentía que estaba a punto de explotar. La piel de ambos estaba resbalosa por el sudor, y los latidos de su corazón se habían tornado fuertes y rápidos. Pedro empujó las caderas más deprisa, y ella le rodeó la cintura con las piernas, urgiéndolo para que la penetrara aún más y con más fuerza. Cuando finalmente llegaron al clímax, el placer que experimentaron fue tan intenso que por un instante se les cortó la respiración, y fue como si aquel momento se hubiese quedado suspendido en el tiempo. Él se derrumbó sobre ella, y se quedaron abrazados, paladeando los últimos acordes del orgasmo.



Pedro se despertó y sintió un vacío en la cama, junto a él. Una sensación de pánico que no le gustó se apoderó de él. Levantó la cabeza y vió que estaba amaneciendo. Paula estaba fuera, en el balcón, apoyada en la barandilla, mirando el mar. Un profundo alivio lo invadió… Y eso tampoco le gustó. Llevaba puesta su camisa, y nada más, y su silueta se insinuaba de un modo tentador bajo la tela blanca. Se bajó de la cama. Como si estuviese unida a él por un hilo invisible, Paula se irguió y se dió la vuelta. No se había abrochado la camisa, y la mantenía cerrada con una mano. El cabello le caía sobre los hombros, y brillaba con los primeros rayos del amanecer. Pedro avanzó hacia ella como un depredador. Paula era lo único que ocupaba su mente, y en ese momento no tenía ojos más que para ella. Verla vestida de esa guisa, cubierta únicamente con la camisa que él había llevado la noche anterior, debería haberle parecido un cliché, pero no lo era. Muchas mujeres se habían vestido así para él, como si fuera lo que se esperaba de ellas para tener un aspecto más sexy, pero a él aquel truco solo conseguía irritarlo. En ese momento, sin embargo, no se sentía en absoluto irritado. De hecho, lo que estaba experimentando era más bien un arranque posesivo. Mientras se acercaba, Paula apoyó las manos en la barandilla detrás de sí y la camisa se abrió, dejándole entrever sus gloriosos senos y, un poco más abajo, la suave curva de su vientre y la unión entre sus muslos, donde una maraña de rizos dorados ocultaba el paraíso. Se detuvo ante ella y la atrajo hacia sí, rodeándole la espalda desnuda con los brazos, por debajo de la camisa. Aunque apenas habían dormido en toda la noche, ya se sentía preparado para hacerla suya de nuevo. Paula levantó una pierna para engancharla en su cadera, y por lo húmeda que estaba supo que ella también estaba dispuesta. Saber que ella también lo deseaba fue como un potente afrodisíaco. Ni siquiera se molestaron en volver a la cama. Él la penetró allí mismo. Y allí, con el sol asomándose por el este y tiñendo de un color rosado el cielo, ella y él se adentraron de nuevo en el reino de los sentidos.

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