Dos días después, Paula estaba sentada a la sombra en el jardín, tricotando. Ningún ruido la advirtió de que no estaba sola y por eso, cuando oyó a alguien murmurar: «Vengo en son de paz; no estoy armado», dió tal respingo que casi se cayó del sillón de mimbre en el que estaba sentada. Pedro estaba frente a ella, con las manos levantadas en un cómico gesto de rendición y la vista fija en sus agujas de tricotar. La había pillado desprevenida, y no solo porque no lo hubiera oído llegar, sino también porque había estado, cómo no, pensando en él. O, para ser más exactos, recordando la noche anterior, y los momentos de éxtasis que habían compartido. Temerosa de que pudiera leerle el pensamiento, bajó la vista y dejó a un lado su labor.
–No tienes por qué preocuparte –respondió, siguiéndole la broma–; no te clavaría una aguja a plena luz del día.
Pedro se sentó en el sillón de mimbre que había al lado del suyo y se quedó callado, mirando el jardín.
–Creía que estarías con Cata –dijo Paula para romper el silencio.
Pedro echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Los rayos del sol se filtraban entre las hojas del árbol bajo el que estaban, arrojando sobre su figura retazos de luz. Al oír su comentario abrió los ojos, la miró, y dobló los brazos por detrás de la nuca para apoyar la cabeza.
–No, se ha ido de compras al pueblo con Papá Luis.
–¿Y su amiga Alma?, ¿No ha ido con ella?
–Está en el colegio; no está de vacaciones como Cata –le recordó Pedro.
–Ah, es verdad. Lo había olvidado.
Paula se sentía extrañamente vergonzosa. Aún no se había acostumbrado a tratar con Pedro durante el día, después de una noche cargada de pasión. Además, tenía miedo de pasar demasiado tiempo con él, de encariñarse con él, o que su fascinación por él fuera en aumento. Pedro se incorporó de repente y le tendió la mano.
–Ven a dar una vuelta conmigo; quiero enseñarte algo.
Ella se quedó mirando su mano con suspicacia y él, cuando lo advirtió, no pudo evitar fruncir el ceño. En los últimos dos días había estado guardando las distancias con él, y lo irritaba. Durante la noche se entregaba a él con más pasión que ninguna otra mujer que hubiera conocido, pero durante el día… Era como si hubiese dos Paulas distintas. Por un lado lo trataba con la indiferencia a la que lo tenía acostumbrado pero, al contrario que otras mujeres de su clase, no buscaba continuamente su atención, y tampoco se quejaba de lo provinciano que era aquel lugar, ni de la falta de distracciones cosmopolitas. En vez de eso estaba allí, tricotando a solas en el jardín. Y aunque lo irritaba la curiosidad que sentía por conocerla mejor, le resultaba muy difícil resistirse.
–¿Y qué pasa con Cata? –le preguntó Paula–. ¿Y si vuelve y no nos encuentra aquí?
–Papá Luis la ha llevado a la otra punta de la isla. Me dijo que se quedarían a comer allí y que volverían tarde –le explicó él–. Además, Cata ya ha estado cientos de veces en el sitio al que quiero llevarte. Vamos, Paula, ¿No irás a decirme que te parece más emocionante quedarte aquí haciendo punto que una excursión sorpresa? –la instó, enarcando una ceja y esbozando una media sonrisa.
Paula se derritió por dentro. ¿Cómo podría resistirse a esa sonrisa? Fingió estar sopesando seriamente si prefería quedarse allí y pasarse el día tricotando, y dió un gritito cuando Pedro la levantó en volandas y se la echó sobre el hombro, como si no pesase más que un saco de azúcar. Llevaba un vestido relativamente corto, y la cálida mano de Pedro estaba demasiado cerca de sus nalgas.
–¡Pedro Alfonso! ¡Bájame ahora mismo! ¿Qué pasaría si alguien nos viera? Mamá Sara…
Pedro le dió una guantada juguetona en el trasero y dijo en voz alta mientras entraba en la casa:
–Mamá Sara ha visto de todo en su vida; ¿A que sí, Mamá? Me llevo a Paula a pasar la tarde por ahí; no te preocupes por hacernos nada de cenar.
Paula se puso roja como un tomate cuando oyó la risa de Mamá Sara y vió sus pies pasar junto a ellos. Y entonces, por el rabillo del ojo, vió algo y levantó una mano para detener a Pedro.
–¡Espera! ¡Mi cámara de fotos! –exclamó, señalando una mesita del pasillo.
Obediente, Pedro volvió sobre sus pasos y recogió la cámara antes de salir por la puerta principal. Cuando llegaron al todoterreno, depositó a Paula con delicadeza en el asiento, y le dió la cámara antes de ir a sentarse al volante.
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