martes, 23 de diciembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 40

Paula le remetió un mechón de pelo tras la oreja.


–Lo sé porque habla de tí a todas horas, porque se preocupa por tí, porque presume de lo lista y lo buena que eres –le dijo. Y luego, permitiéndose una mentirita, añadió–: Además, está muy orgulloso de lo bien que te estás adaptando a tu nuevo colegio, y lo valiente que estás siendo.


Catalina hizo una mueca.


–Fue él quien me obligó a cambiarme de colegio; y ahora no tengo amigos.


Paula se fingió sorprendida.


–¿Cómo? ¿Me estás diciendo que una niña tan simpática como tú no tiene amigos? Eso es imposible –hizo que la pequeña volviera a echarse, apoyó el brazo en la almohada, y se inclinó para decirle– : ¿Sabes qué? Cuando era solo un poco mayor que tú, yo también tuve que cambiar de colegio.


Eso captó de inmediato la atención de Catalina.


–¿Ah, sí?


Paula asintió.


–Y no solo eso; también nos fuimos a otro país. Vivíamos en Inglaterra, y después de que mi padre muriera, mi madre decidió que volviéramos a Irlanda… ¿Y sabes qué? Que en la casa de al lado vivía tu tía Luciana, y así fue como nos hicimos amigas. Si no nos hubiésemos ido de Inglaterra, y no me hubiese cambiado de colegio, nunca la habría conocido… Y tampoco te habría conocido a tí, ni estaría aquí ahora mismo.


–Vaya… –murmuró Catalina sorprendida.


–Es difícil aceptar los cambios, pero a veces son cambios para mejor. Seguro que acabarás teniendo tan buenos amigos en tu nuevo colegio como los que tenías en el de antes. Ya lo verás.


Catalina bajó la vista y se quedó callada un momento antes de volver a hablar.


–Mi madre no quiere que vaya a verla.


A Paula volvió a encogérsele el corazón al oírle decir eso.


–Cata, estoy segura de que tu madre te quiere. Pero a veces los mayores se comportan de un modo que confunde un poco. No siempre es fácil entender por qué hacen ciertas cosas –tomó la mano de la niña–. Pero tú tienes mucha suerte de tener el padre que tienes.


Catalina alzó la vista.


–¿Por qué dices eso? –inquirió, mirándola contrariada.


–Porque ni siquiera dejó de quererte cuando descubrió que no era tu padre de verdad. Te quiere tanto que nada más enterarse decidió adoptarte para que nadie pudiera apartarte nunca de él.  Quería que todo el mundo supiera que para él eras su hija. Y sé que tú sigues queriéndolo, aunque ahora estés enfadada con él.


Catalina se puso roja y volvió a bajar la vista.


–No pasa nada, cariño –le aseguró Paula, acariciándole el cabello–. Le digas lo que le digas, o hagas lo que hagas, él nunca dejará de quererte y seguirá a tu lado, como lo ha estado siempre, porque eso es lo que hacen los padres de verdad, los que lo son de corazón –miró a la niña y le dijo enarcando una ceja–: Porque no te ha enviado a un internado horrible en medio de ninguna parte, ¿A que no?


Catalina soltó una risita y sacudió la cabeza.


–No. Pau, cuéntame otra vez esa historia de cuando ibas al colegio con mi tía Luciana, lo de esa fiesta secreta que celebraron un día a medianoche.


Paula la besó en la frente y le dió un fuerte abrazo.


–Está bien, pero luego a dormir, ¿Eh?


Catalina asintió, dejó escapar un gran bostezo, y a mitad de la historia ya se había quedado dormida. Un rato después, cuando Paula entró en la habitación de Pedro, se encontró con que él también se había dormido. Estaba tendido en la cama, con el torso desnudo y la sábana tapándole apenas las caderas. Sabía que debería volver a su habitación y dormir en su cama, pero aún la embargaba la emoción por la conversación que había tenido con Catalina. Dejó el chal sobre una silla y se acurrucó junto a Pedro. Como impulsado por un resorte, el brazo de él la rodeó y la atrajo hacia sí. Fue en ese momento cuando ella supo que cualquier intento por resistirse a él sería en vano. Por más que intentaba mantener las distancias con él y protegerse para que no le rompiera el corazón, tenía la terrible sospecha de que estaba fracasando estrepitosamente.

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