Esa noche, cuando regresaron a la villa, Paula se sentía como si algo hubiese cambiado entre Pedro y ella. Era una sensación inquietante, a la vez que embriagadora. Acababa de salir del cuarto de baño, después de haberse lavado los dientes y de haberse puesto el pijama, cuando él se asomó a la puerta abierta de su dormitorio. A ella se le cortó el aliento y sintió que los pezones se le endurecían de deseo. Azorada por la reacción de su cuerpo, aunque sabía que era ridículo sentir vergüenza con Pedro después de haberse acostado con él, alcanzó un chal y se lo echó sobre los hombros.
–Cata quiere que vayas a darle las buenas noches.
–Claro. Voy ahora mismo.
Iba a salir por la puerta cuando Pedro le bloqueó el paso. Enmarcó su rostro con ambas manos, y le peinó el cabello con los dedos. A Paula le palpitó el corazón con fuerza.
–Lo he pasado muy bien hoy –le dijo Pedro, mirándola a los ojos.
–Yo también –murmuró ella.
Pedro la besó en los labios.
–Te estaré esperando –le dijo, y luego dió un paso atrás, y la dejó ir.
A Paula le temblaban las piernas mientras iba hacia la habitación de Catalina, pero cuando llegó hizo un esfuerzo por que la pequeña no notara su agitación. La niña, que ya estaba metida en la cama, le contó entusiasmada todo lo que había visto y hecho enla ciudad con Papá Luis, y Paula se sintió aliviada al ver que no se molestó cuando le preguntó qué habían hecho ellos, y le dijo que habían ido a Saint-Pierre.
–Ah, yo he estado allí montones de veces –contestó Catalina.
–Gracias por dejarme compartir estas vacaciones con tu padre y contigo –le dijo Paula, inclinándose para darle el beso de buenas noches–. Este sitio es muy especial; entiendo por qué te gusta tanto –añadió, y se levantó para marcharse.
Iba a salir ya del dormitorio cuando oyó a la pequeña preguntarle en un tono quedo:
–Pau, ¿Tu padre te quería?
Ella se paró en seco y se giró lentamente. Al ver la carita preocupada de Catalina, volvió junto a ella y se sentó en el borde de la cama.
–¿Por qué me preguntas eso?
La niña se encogió de hombros.
–Es que mi pa… –se quedó callada y empezó de nuevo–. Es que Pedro no me quiere. No es mi padre de verdad; solo me adoptó.
Paula sabía que estaba pisando arenas movedizas, y que tenía que medir sus palabras.
–Pues… Verás, mi padre murió hace mucho, cariño. Yo creo que sí me quería. Estoy segura de que me quería… Aunque no me lo demostrara.
Catalina se incorporó y la miró con suspicacia.
–¿Qué quieres decir?
–Bueno, siempre estaba muy ocupado, y solía llegar tarde a casa, cuando yo ya estaba durmiendo –le explicó Paula–. Y le preocupaban mucho el trabajo, el dinero… Cosas así.
Catalina se quedó pensativa un momento.
–Pedro también está siempre muy ocupado, pero todas las noches viene a arroparme, y me lleva al colegio, y si está fuera me llama todos los días –empezó a temblarle el labio inferior–. Pero eso no significa que me quiera. Y mi madre tampoco me quiere… No como la madre de Alma la quiere a ella –se le escapó un sollozo, y rompió a llorar amargamente.
Paula la abrazó, con el corazón en un puño por el dolor y la confusión de la pequeña. La acunó, frotándole la espalda con la mano, y dejó que se desahogara. Tenía la impresión de que hacía mucho que lo necesitaba. Cuando el llanto de la niña amainó, se echó hacia atrás y le apartó el cabello del rostro. Sacó un pañuelo de papel de la caja que había sobre la mesilla, le secó las lágrimas, y le dió otro para que se sonara la nariz.
–Cariño, no pienses eso. Tu padre te quiere muchísimo.
–¿Cómo lo sabes? –le preguntó Catalina con voz entrecortada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario